Corría la noche de un modesto día otoñal. Todo el día fue como una eterna mañana hasta que el sol se despidió de todos nosotros, mortales bajo su poderío lumínico, en el horizonte de estas blancas y tristes costas. Caminaba por las calles oscuras, por los abandonados pasadizos entre callejones. Todo por no ser visto, por no ser encontrado por aquellos que querían verme desaparecer. Es difícil vivir siendo la posible víctima de tanta gente por las cosas que escribes, por lo que hablas, lo que publicas. Es difícil vivir en esta ciudad sin opinión, una ciudad sin vida, vacía y fría como el corazón de un muerto. Ya no bombea, ya no fluye, solo se reseca y desaparecer es una cuestión del amigo tiempo.
Ahí caminaba yo hasta que me crucé con uno de ellos que al parecer me había seguido la pista de mis aleatorios paseos para volver a casa. Ningún camino era igual al otro, pero ese día, sin quererlo, repetí el de unos días atrás. Movido porqué, ni idea, solo volvía a desenvolver mis pasos, el desliz de mis suelas por aquellas veredas. Y enfrente mío estaba él, tan frío e impactado como yo. Su arma temblaba en su mano como mis tripas lo hacían de temor al verme enfrentado de manera tan desagradable a esta situación, tan atípica, tan utópica y tan dolorosa.
Todo esto comienza con la publicación de un artículo casual en esas revistas que atentan con sus líneas al pensamiento colectivo, donde criticaba abiertamente la libertad, más bien libertinaje con la cual los gobernantes de la ciudad estaban decidiendo por nosotros y que toda la gente embobada apremiaba y aceptaba sin hacer ni un solo ápice de duda al respecto, riendo y aplaudiendo como si fueran los mejores gobernantes que esta tierra haya podido disfrutar, al más puro estilo feudal de la antigua Europa. ¿Mi error? Analfabetizar a la población por su ingenua aprobación. A nadie le gusta que le digan que está equivocado y menos de forma despectivamente irónica. Me odiaron. Me odié. Tampoco me gustaría que me lo hicieran a mí y luego recordé ese consejo de antaño de algún viejo colega, ese que dice que jamás debieses escribir con rabia y omitir todo tipo de edición para "suavizar" de alguna forma tus palabras. Pero ya estaba hecho y me arriesgué, gané. Pero a la vez perdí. Sí, perdí.
Ahora estoy frente a este sujeto, observo su vestimenta. Su chaqueta y su gorra demuestran su alta afiliación a este deplorable gobierno esclavizador. Era mi fin y no lo podía creer, ni siquiera cuando comencé mi regreso acaso podría creer que sucedería a tan solo cuadra y media de casa. Nada que hacer. Ahí estaba, luego de un hermoso y triste día, que probablemente esta segunda característica se la atribuyo a la inminente muerte que se acercaba a mí. Pero fue hermoso. Me junté con otros colegas que compartían mi lucha sin yo saberlo y que se habían afiliado a ella sin pensarlo demasiado, movidos por la lógica y la razón de los argumentos expuestos durante 5 años en más de 200 artículos, 3 libros y alguna que otra manifestación literaria (pues pensaba que había que llegar a todos). Disparó y no tardé más de 2 minutos en despedirme de mi cuerpo y dejar volar mi alma al desangrarme en aquellos contaminados suelos llenos de orina vagabunda.
Mi última indicación fue decirles a aquellos colegas que si publicaban, lo hicieran bajo mi nombre, por su seguridad y por mi trascendencia, pues pensaba que mi fin estaba cerca, no sabía que sería tan cerca.
Aquí va otra de mis publicaciones y dejaré la duda, quizá aquel que iba por los callejones repitiendo ingenua y estúpidamente mis pasos anteriores era otro que me quería imitar, quizá era uno de esos colegas con los que nadie me vio en aquel café o simplemente si era yo y quien les escribe sigue viviendo aquellos pasos inmortalizados en el disparo nervioso de otro idiota que sigue, "libremente", caminando por las calles, reconocido en secreto como el cuasi héroe de un totalitarismo con los días contados.
Firma: Raúl Esteban Seyen
Un espacio donde encontrarás cuentos, poemas y reflexiones para tu día a día
lunes, 22 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
Sick
No suelo enfermarme, la verdad es que no, no me enfermo. Pero esas pocas veces en que me enfermo, me enfermo con ganas, de esas veces que te dejan en cama, con dolores estratosféricos, una fiebre muy alta y con ganas de morir (bueno, sí, quizá si tenga alguna especie de trauma frente a la irregularidad con que aparecen estas cosas por estos lados).
Estas ocasiones te hacen activar ese componente, a veces detestable, llamado nostalgia. Ya no sé qué pensar de la fidelidad que me guardan los recuerdos al leer a un Borges decir en Zékian: "Cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando un último recuerdo. Intento no pensar en cosas pasadas porque si lo hago, sé que lo estoy haciendo sobre recuerdos, no sobre las primeras imágenes"
Quizá sea loco, ¡pero cuánta razón! Cada vez la pasada niñez y la venidera juventud se vuelve más difusa, todos tus recuerdos tienen la coartada perfecta para el momento exacto. Ridículo. Nunca fue así, pero hay que ser el héroe, entonces así nunca estuve enfermo, nunca pagué dinero extra por el café que pedí en la mañana ni me tiré en el suelo de un cubículo mientras trabajábamos en la universidad porque tenía los principios de mi venidera enfermedad.
Nunca lo hice. Soy el héroe según mis recuerdos, pero la verdad es que cada vez me esclarecen más mi sentimiento de muerte en aquellas crisis invernales de mi, ya pasado, asma. Aquellas crisis que me dejaban 5 o 10 veces peor de lo de hoy, días que no te podrías ni levantar, porque un movimiento se agitaba a tal punto que había que volver a comenzar (me sentía como aquella máquina vieja con Windows 95, ironizando, movías el ratón y ya tenías que reiniciar el sistema porque había detectado un cambio).
Pero qué más da tanta cuestión existencial cuando estás enfermo. Lo único que necesitas es que te acobijen y te cuiden, dejas de ser el héroe. Matas definitivamente ese recuerdo sobre recuerdo arrogante que gira en torno a uno mismo. Dejas de ser el personaje principal. Dejas de fingir que eres aquel Harrison Ford escapando de cada trampa oculta en esas catacumbas con el tesoro escondido, con el peinado perfecto y en el primer plano de todas las cámaras habidas y por haber.
Dejas que otro tome el protagonismo para volver a hacer aquel héroe. Entregas tu salud a quien te quiere cuidar, dar amor. Por eso uno se debe enfermar en el tiempo, para no olvidar que no eres el protagonista siempre, que no eres siempre el centro. No hay necesidad de hacer heroicos esos recuerdos sobre recuerdos. Dispararse como la pelotita del flipper al perder y empezar de nuevo.
Bueno, ¿y yo? Sigo aquí, enfermo...
Estas ocasiones te hacen activar ese componente, a veces detestable, llamado nostalgia. Ya no sé qué pensar de la fidelidad que me guardan los recuerdos al leer a un Borges decir en Zékian: "Cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando un último recuerdo. Intento no pensar en cosas pasadas porque si lo hago, sé que lo estoy haciendo sobre recuerdos, no sobre las primeras imágenes"
Quizá sea loco, ¡pero cuánta razón! Cada vez la pasada niñez y la venidera juventud se vuelve más difusa, todos tus recuerdos tienen la coartada perfecta para el momento exacto. Ridículo. Nunca fue así, pero hay que ser el héroe, entonces así nunca estuve enfermo, nunca pagué dinero extra por el café que pedí en la mañana ni me tiré en el suelo de un cubículo mientras trabajábamos en la universidad porque tenía los principios de mi venidera enfermedad.
Nunca lo hice. Soy el héroe según mis recuerdos, pero la verdad es que cada vez me esclarecen más mi sentimiento de muerte en aquellas crisis invernales de mi, ya pasado, asma. Aquellas crisis que me dejaban 5 o 10 veces peor de lo de hoy, días que no te podrías ni levantar, porque un movimiento se agitaba a tal punto que había que volver a comenzar (me sentía como aquella máquina vieja con Windows 95, ironizando, movías el ratón y ya tenías que reiniciar el sistema porque había detectado un cambio).
Pero qué más da tanta cuestión existencial cuando estás enfermo. Lo único que necesitas es que te acobijen y te cuiden, dejas de ser el héroe. Matas definitivamente ese recuerdo sobre recuerdo arrogante que gira en torno a uno mismo. Dejas de ser el personaje principal. Dejas de fingir que eres aquel Harrison Ford escapando de cada trampa oculta en esas catacumbas con el tesoro escondido, con el peinado perfecto y en el primer plano de todas las cámaras habidas y por haber.
Dejas que otro tome el protagonismo para volver a hacer aquel héroe. Entregas tu salud a quien te quiere cuidar, dar amor. Por eso uno se debe enfermar en el tiempo, para no olvidar que no eres el protagonista siempre, que no eres siempre el centro. No hay necesidad de hacer heroicos esos recuerdos sobre recuerdos. Dispararse como la pelotita del flipper al perder y empezar de nuevo.
Bueno, ¿y yo? Sigo aquí, enfermo...
domingo, 31 de mayo de 2015
Somos ironía
¿Es acaso la vida una ironía? Camino entre las luces del mediodía o entre las sombras de la medianoche y me cuestiono, me cuestiono qué tan cuerdos (o qué tan locos) estamos para vivir una ironía, para vivir la sátira de nuestras propias vidas.
Vivimos diciendo sí cuando en realidad queremos no, vivimos sintiendo calor cuando tenemos frío, vivimos diciendo 'te amo' cuando realmente queremos estar solos en nuestro interior. ¡Vivimos cuando no queremos vivir! Nos levantamos para caminar un nuevo día, pero es nuestro mayor error.
Vivimos la ironía, la ironía es la esencia de nuestra vida. Hacemos las cosas por el "bien" de otro para nuestro propio beneficio. Exigimos libertad y escogemos por otros.
¿Y qué? ¿Qué hemos logrado luego de tanto esfuerzo? Luchamos contra nosotros mismos, lo que queremos hacer no lo hacemos y lo que no queremos hacer, eso hacemos.
Nos creemos los dueños de la ironía, competimos para ver quién ironiza más, quién lo hace mejor y al final son todos víctimas de su propia ironía, víctimas del absurdo 'sartreano'.
Ironía... aquello que nos hace humanos, nos hace falibles y nos da ese toque de incoherencia que vivimos cada día, a cada instante. Eso que nos hace esforzarnos por ser mejores, más certeros, más creíbles (aunque en verdad no sea lo que queremos), pero ahí estamos luchando para querer ser lo dueños de nuestras propias vidas, (dueños de las de otros también) sin poder siquiera con la mitad de la nuestra. Dueños de lo absurdo.
¿Es acaso la vida una ironía? Pues si me lo preguntan, ironía eres tú.
Vivimos diciendo sí cuando en realidad queremos no, vivimos sintiendo calor cuando tenemos frío, vivimos diciendo 'te amo' cuando realmente queremos estar solos en nuestro interior. ¡Vivimos cuando no queremos vivir! Nos levantamos para caminar un nuevo día, pero es nuestro mayor error.
Vivimos la ironía, la ironía es la esencia de nuestra vida. Hacemos las cosas por el "bien" de otro para nuestro propio beneficio. Exigimos libertad y escogemos por otros.
¿Y qué? ¿Qué hemos logrado luego de tanto esfuerzo? Luchamos contra nosotros mismos, lo que queremos hacer no lo hacemos y lo que no queremos hacer, eso hacemos.
Nos creemos los dueños de la ironía, competimos para ver quién ironiza más, quién lo hace mejor y al final son todos víctimas de su propia ironía, víctimas del absurdo 'sartreano'.
Ironía... aquello que nos hace humanos, nos hace falibles y nos da ese toque de incoherencia que vivimos cada día, a cada instante. Eso que nos hace esforzarnos por ser mejores, más certeros, más creíbles (aunque en verdad no sea lo que queremos), pero ahí estamos luchando para querer ser lo dueños de nuestras propias vidas, (dueños de las de otros también) sin poder siquiera con la mitad de la nuestra. Dueños de lo absurdo.
¿Es acaso la vida una ironía? Pues si me lo preguntan, ironía eres tú.
domingo, 24 de mayo de 2015
Un bosque, tu vida, un bosque
¿Han visto el ocaso caer sobre los árboles?
¿Han visto las penumbras reflejarse con sus copas?
¿Acaso han logrado ver esas hojas absorbidas
por la triste y misteriosa sombra de sus temores?
Árboles, plantados sin saber por qué, sin saber por quién
Hojas, caídas y vueltas a caer en un eterno ciclo vital
Ramas, quebradas por el viento de los paseantes extraños
Raíces, perdidas luego de tantos episodios cargados de llanto
La lluvia ya no cae sobre este pequeño bosque
La luz se olvidó de iluminar sus tenebrosos rincones
Los pájaros ya no llegan
Los que llegan ya no vuelan
Absorbente y frío bosque
Oscuridad sin fin, sin un fino toque
Ese toque de tus manos que lo hacía florecer
Se fue a volar para nunca jamás volver
¿Y acaso han escuchado de un ser vivo sin vida?
Por sus raíces ya no corre el agua, corre la sangre
Corren cientos de miles, miles de millones de dolores
Corre la tristeza de una incierta despedida
No parece ser un hermoso bosque
Ni siquiera se parece a aquellos a los que nos acostumbramos
Y claro, no es el bosque de los Cien Acres
Un bosque como el túnel que Juan preparó para María
Estos árboles hoy callan en paz para jamás recordar
Esos cantos que los pájaros les solían cantar
Para ser enterrado en el olvido de una oscuridad tenaz
Como aquellas manos que un día se fueron y le hicieron callar
viernes, 10 de abril de 2015
Escribo, escribo...
Me encuentro entre libros, me encuentro entre vidrios. He ¿caído? en picada hasta acá, soy sólo un sueño del contexto que me envuelve, un sueño de lo inerte.
Llegué hasta aquí, ¿cómo llegué? Ni yo lo sé, pero estoy aquí, real o no, ya soy y seguiré siendo.
Y si acaso los sueños pueden soñar (o recordar), pues sí, digo, por eso escribo estas líneas que relatan mi llegada a esta biblioteca (que otros llaman "universo"), pero aquí no hay una infinidad de libros, ni muchas escaleras, ni siquiera habitaciones hexagonales. Es todo tan "moderno", tan irreal como yo mismo que hoy, querido amigo, te escribo.
El universo es muy amplio como puedo decir que todos (TODOS) los hombres decidimos por amor (al menos casi siempre), movidos por una segunda persona, ese 'tú' que recibe esos "te amo", pero no, quizá no todos actúen así (¿o sí?). Pero bueno, yo escribo.
Escribo porque vivo, vivo porque escribo, porque el existencialismo se me achicó y el humanismo es muy discriminador (y deshumanizado), porque vivo, escribo.
Sedentario como yo mismo, nómada entre sillas y mesas, pero sedentario, pues, no me puedo cambiar de universo. El universo soy yo y yo soy el universo. ¿Sonará narcisista tal vez? Tal vez no me entiendes, tú, sujeto que me lees. Si divago, te confundo. Pero si soy certero, te hipnotizo y te enloquezco. Mejor soy ambiguo y varío, soy lo que soy y a la vez lo que no soy.
Tengo tanto que contar (y a su vez tan poco) que prefiero seguir escribiendo aunque al papel, mis historias, no le deba contar.
Llegué hasta aquí, ¿cómo llegué? Ni yo lo sé, pero estoy aquí, real o no, ya soy y seguiré siendo.
Y si acaso los sueños pueden soñar (o recordar), pues sí, digo, por eso escribo estas líneas que relatan mi llegada a esta biblioteca (que otros llaman "universo"), pero aquí no hay una infinidad de libros, ni muchas escaleras, ni siquiera habitaciones hexagonales. Es todo tan "moderno", tan irreal como yo mismo que hoy, querido amigo, te escribo.
El universo es muy amplio como puedo decir que todos (TODOS) los hombres decidimos por amor (al menos casi siempre), movidos por una segunda persona, ese 'tú' que recibe esos "te amo", pero no, quizá no todos actúen así (¿o sí?). Pero bueno, yo escribo.
Escribo porque vivo, vivo porque escribo, porque el existencialismo se me achicó y el humanismo es muy discriminador (y deshumanizado), porque vivo, escribo.
Sedentario como yo mismo, nómada entre sillas y mesas, pero sedentario, pues, no me puedo cambiar de universo. El universo soy yo y yo soy el universo. ¿Sonará narcisista tal vez? Tal vez no me entiendes, tú, sujeto que me lees. Si divago, te confundo. Pero si soy certero, te hipnotizo y te enloquezco. Mejor soy ambiguo y varío, soy lo que soy y a la vez lo que no soy.
Tengo tanto que contar (y a su vez tan poco) que prefiero seguir escribiendo aunque al papel, mis historias, no le deba contar.
miércoles, 18 de marzo de 2015
No he llegado al final
No he llegado al final pero me siento allí
Siento que estoy pero no estoy
Cómo dimensionar lo que fui de lo que soy
Tan sólo vivo, respiro, estoy aquí...
Veo el suelo, donde mis pies se posan
Donde descansan, donde mi cabeza reposa
¿Estoy aquí o simplemente estoy soñando?
¡Bah! Más bien vivo con mis ideas caminando
¿Cien años de soledad o cien de compañía?
¿Seré Roberto Carlos o parte de los Buendía?
Y es que sí, quizá quiera un millón de amigos
No para cantar más fuerte, sino para contarlos con las manos
Con mis letras yo mantengo mi silbido
Camino por las calles mirando el cielo, mirando el suelo
Y es que ya no me mantengo con el sueldo
Me mantengo viviendo dentro de los sueños
jueves, 19 de febrero de 2015
Mis últimos momentos
Las calles de esta ciudad, de mi propia ciudad, cada vez me parecen más desiertas. He pasado todos los sufrimientos, he visto las más sanguinarias venganzas y las más tristes historias. Viví, sí, de veras que viví. La alegría también fue parte de todas aquellas cosas que experimenté en mi dolor, para sanar un poco la agonía de tener que lidiar con la cruenta realidad.
Caminé, corrí, gateé, volé y salté hacia la meta. Vi el nacimiento de esta ciudad y yo fui el evento más heroico, devastador y esperanzador en aquel momento. El sol se asomaba por primera vez y todo era hermoso, la copia fiel de una realidad difusa y perfecta. Al pasar el tiempo todo se comenzó a deteriorar, edificios cayeron y otros se levantaron, siempre de peor calidad, de menos belleza que esos que protagonizaron el nacimiento de este, mi ciudad.
Y en ese vaivén del deterioro, de el nacer, el renacer, el morir y las constantes extinciones, caminé por mi ciudad. Vi la vida de aquel maravilloso Sol que protagonizó cada momento. Un Sol que apareció al nacer, pero a los tres años detrás de una sombría Luna se escondió durante nueve largos años, aunque después estuvo siempre radiante desde aquel entonces.
Esta ciudad que yo llamo mía, pero que ya no lo es, tuvo tratos con otras ciudades, intercambios, como hacen los países hoy en día con sus tratados, sus convenios, sus arreglos y todo ese menjunje de cosas político-económicas. Y algunos de ellos fueron acertados por años, otros fueron los más desgraciados desaciertos que se pudieron hacer, pero todo sirvió para ir derribando y reconstruyendo mi ciudad, en un notable declive.
Y así, mi ciudad partió de ser un simple parque de juegos, a toda una ciudad empresarial, con el comercio, el trueque con otras ciudades, ese eterno "yo te doy de lo que tengo, tú me das de lo que tienes y todos felices", lugares de descanso y lugares de duro trabajo.
Uff... mi ciudad. Y aquí llegó el día donde esta ciudad ha perdido su "independencia" (aunque va entrecomillas porque nunca fue enteramente independiente, siempre dependió de algo, como todo en la vida) y cae abajo enteramente para volver a aquellas glorias pasadas, a sus inicios, cuando era un lugar digno de recorrer, y aquí sigo caminando, ahora sin tratados ni intercambios, ya no son necesarios, porque al final uno siempre acaba caminando solo.
Caminé, corrí, gateé, volé y salté hacia la meta. Vi el nacimiento de esta ciudad y yo fui el evento más heroico, devastador y esperanzador en aquel momento. El sol se asomaba por primera vez y todo era hermoso, la copia fiel de una realidad difusa y perfecta. Al pasar el tiempo todo se comenzó a deteriorar, edificios cayeron y otros se levantaron, siempre de peor calidad, de menos belleza que esos que protagonizaron el nacimiento de este, mi ciudad.
Y en ese vaivén del deterioro, de el nacer, el renacer, el morir y las constantes extinciones, caminé por mi ciudad. Vi la vida de aquel maravilloso Sol que protagonizó cada momento. Un Sol que apareció al nacer, pero a los tres años detrás de una sombría Luna se escondió durante nueve largos años, aunque después estuvo siempre radiante desde aquel entonces.
Esta ciudad que yo llamo mía, pero que ya no lo es, tuvo tratos con otras ciudades, intercambios, como hacen los países hoy en día con sus tratados, sus convenios, sus arreglos y todo ese menjunje de cosas político-económicas. Y algunos de ellos fueron acertados por años, otros fueron los más desgraciados desaciertos que se pudieron hacer, pero todo sirvió para ir derribando y reconstruyendo mi ciudad, en un notable declive.
Y así, mi ciudad partió de ser un simple parque de juegos, a toda una ciudad empresarial, con el comercio, el trueque con otras ciudades, ese eterno "yo te doy de lo que tengo, tú me das de lo que tienes y todos felices", lugares de descanso y lugares de duro trabajo.
Uff... mi ciudad. Y aquí llegó el día donde esta ciudad ha perdido su "independencia" (aunque va entrecomillas porque nunca fue enteramente independiente, siempre dependió de algo, como todo en la vida) y cae abajo enteramente para volver a aquellas glorias pasadas, a sus inicios, cuando era un lugar digno de recorrer, y aquí sigo caminando, ahora sin tratados ni intercambios, ya no son necesarios, porque al final uno siempre acaba caminando solo.
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