domingo, 24 de mayo de 2015

Un bosque, tu vida, un bosque

¿Han visto el ocaso caer sobre los árboles?
¿Han visto las penumbras reflejarse con sus copas?
¿Acaso han logrado ver esas hojas absorbidas
por la triste y misteriosa sombra de sus temores?

Árboles, plantados sin saber por qué, sin saber por quién
Hojas, caídas y vueltas a caer en un eterno ciclo vital
Ramas, quebradas por el viento de los paseantes extraños
Raíces, perdidas luego de tantos episodios cargados de llanto

La lluvia ya no cae sobre este pequeño bosque
La luz se olvidó de iluminar sus tenebrosos rincones
Los pájaros ya no llegan
Los que llegan ya no vuelan

Absorbente y frío bosque
Oscuridad sin fin, sin un fino toque
Ese toque de tus manos que lo hacía florecer
Se fue a volar para nunca jamás volver

¿Y acaso han escuchado de un ser vivo sin vida?
Por sus raíces ya no corre el agua, corre la sangre
Corren cientos de miles, miles de millones de dolores
Corre la tristeza de una incierta despedida

No parece ser un hermoso bosque
Ni siquiera se parece a aquellos a los que nos acostumbramos
Y claro, no es el bosque de los Cien Acres
Un bosque como el túnel que Juan preparó para María

Estos árboles hoy callan en paz para jamás recordar
Esos cantos que los pájaros les solían cantar
Para ser enterrado en el olvido de una oscuridad tenaz
Como aquellas manos que un día se fueron y le hicieron callar

viernes, 10 de abril de 2015

Escribo, escribo...

Me encuentro entre libros, me encuentro entre vidrios. He ¿caído? en picada hasta acá, soy sólo un sueño del contexto que me envuelve, un sueño de lo inerte.
Llegué hasta aquí, ¿cómo llegué? Ni yo lo sé, pero estoy aquí, real o no, ya soy y seguiré siendo.
Y si acaso los sueños pueden soñar (o recordar), pues sí, digo, por eso escribo estas líneas que relatan mi llegada a esta biblioteca (que otros llaman "universo"), pero aquí no hay una infinidad de libros, ni muchas escaleras, ni siquiera habitaciones hexagonales. Es todo tan "moderno", tan irreal como yo mismo que hoy, querido amigo, te escribo.
El universo es muy amplio como puedo decir que todos (TODOS) los hombres decidimos por amor (al menos casi siempre), movidos por una segunda persona, ese 'tú' que recibe esos "te amo", pero no, quizá no todos actúen así (¿o sí?). Pero bueno, yo escribo.
Escribo porque vivo, vivo porque escribo, porque el existencialismo se me achicó y el humanismo es muy discriminador (y deshumanizado), porque vivo, escribo.
Sedentario como yo mismo, nómada entre sillas y mesas, pero sedentario, pues, no me puedo cambiar de universo. El universo soy yo y yo soy el universo. ¿Sonará narcisista tal vez? Tal vez no me entiendes, tú, sujeto que me lees. Si divago, te confundo. Pero si soy certero, te hipnotizo y te enloquezco. Mejor soy ambiguo y varío, soy lo que soy y a la vez lo que no soy.
Tengo tanto que contar (y a su vez tan poco) que prefiero seguir escribiendo aunque al papel, mis historias, no le deba contar.

miércoles, 18 de marzo de 2015

No he llegado al final

No he llegado al final pero me siento allí
Siento que estoy pero no estoy
Cómo dimensionar lo que fui de lo que soy
Tan sólo vivo, respiro, estoy aquí...

Veo el suelo, donde mis pies se posan
Donde descansan, donde mi cabeza reposa
¿Estoy aquí o simplemente estoy soñando?
¡Bah! Más bien vivo con mis ideas caminando

¿Cien años de soledad o cien de compañía?
¿Seré Roberto Carlos o parte de los Buendía?
Y es que sí, quizá quiera un millón de amigos
No para cantar más fuerte, sino para contarlos con las manos

Con mis letras yo mantengo mi silbido
Camino por las calles mirando el cielo, mirando el suelo
Y es que ya no me mantengo con el sueldo
Me mantengo viviendo dentro de los sueños

jueves, 19 de febrero de 2015

Mis últimos momentos

Las calles de esta ciudad, de mi propia ciudad, cada vez me parecen más desiertas. He pasado todos los sufrimientos, he visto las más sanguinarias venganzas y las más tristes historias. Viví, sí, de veras que viví. La alegría también fue parte de todas aquellas cosas que experimenté en mi dolor, para sanar un poco la agonía de tener que lidiar con la cruenta realidad.
Caminé, corrí, gateé, volé y salté hacia la meta. Vi el nacimiento de esta ciudad y yo fui el evento más heroico, devastador y esperanzador en aquel momento. El sol se asomaba por primera vez y todo era hermoso, la copia fiel de una realidad difusa y perfecta. Al pasar el tiempo todo se comenzó a deteriorar, edificios cayeron y otros se levantaron, siempre de peor calidad, de menos belleza que esos que protagonizaron el nacimiento de este, mi ciudad.
Y en ese vaivén del deterioro, de el nacer, el renacer, el morir y las constantes extinciones, caminé por mi ciudad. Vi la vida de aquel maravilloso Sol que protagonizó cada momento. Un Sol que apareció al nacer, pero a los tres años detrás de una sombría Luna se escondió durante nueve largos años, aunque después estuvo siempre radiante desde aquel entonces.
Esta ciudad que yo llamo mía, pero que ya no lo es, tuvo tratos con otras ciudades, intercambios, como hacen los países hoy en día con sus tratados, sus convenios, sus arreglos y todo ese menjunje de cosas político-económicas. Y algunos de ellos fueron acertados por años, otros fueron los más desgraciados desaciertos que se pudieron hacer, pero todo sirvió para ir derribando y reconstruyendo mi ciudad, en un notable declive.
Y así, mi ciudad partió de ser un simple parque de juegos, a toda una ciudad empresarial, con el comercio, el trueque con otras ciudades, ese eterno "yo te doy de lo que tengo, tú me das de lo que tienes y todos felices", lugares de descanso y lugares de duro trabajo.
Uff... mi ciudad. Y aquí llegó el día donde esta ciudad ha perdido su "independencia" (aunque va entrecomillas porque nunca fue enteramente independiente, siempre dependió de algo, como todo en la vida) y cae abajo enteramente para volver a aquellas glorias pasadas, a sus inicios, cuando era un lugar digno de recorrer, y aquí sigo caminando, ahora sin tratados ni intercambios, ya no son necesarios, porque al final uno siempre acaba caminando solo.

domingo, 11 de enero de 2015

Endless Love?

Tardes de primavera. Las hojas vuelven a crecer, las flores vuelven a florecer. Prados vuelven a teñirse de un vivo verde. Los animales recorren las praderas alegremente entre margaritas, girasoles, rosas y toda una gama de coloridas flores.
Y ahí estoy yo, recibiendo esta hermosa época del año, quizá la estación que ama la mayoría de la gente (aunque yo prefiera mil veces los otoños). Pero estaba ahí, disfrutando de este colorido festín natural de crecimiento, de riquezas, de ver todas las cosas volver a la vida. Un espectáculo inmejorable, con el cual nos deleita la naturaleza.
Y esa mañana te esperaba, te esperaba a ti sentado a los pies de mi cama. Recordaba siempre esa promesa del hasta siempre, del nunca jamás acabará, de ese "endless love" que canta Lionel Richie junto a Diana Ross. Te esperaba.
Y como cada día que te esperaba, ahí estabas. Llegabas y recorríamos lugares, compartíamos esos lugares y les dábamos un significado propio. Les dábamos vida cuando pasábamos por ellos.
Pero ese día fue distinto, ese día no llegaste. Y te esperé. El trajín de la rutina finalmente logró moverme, pero en mi mente seguía el hecho de que te esperé y no llegaste. Había que moverse. Llenar las alacenas, preparar comida, pasear al perro, buscar alguna cosa extraviada por allí y esas cosas típicas que hacemos los seres humanos para pasar los días y hacer del ocio algo productivo. Mas a cada momento recordaba que te esperé y no llegaste.
Acabó el día sin tener noticias tuyas. ¿Qué te habrá pasado? Ayer parecías estar bien, pero mi natural masculinidad no me permitió verlo, no me permitió ser lo suficientemente sensible y empático como para verte tras esa sonrisa con un desaire, con un dolor por dentro. Sólo sé que no llegaste aquel día.
A la mañana siguiente, convenciéndome de que todo marchaba de maravillas y que hoy te esperaría y si llegarías, se me voló el tiempo en las rutinas matutinas. Y pasado el mediodía llegaste. Aunque no eras la misma, no eras la que yo había congelado en mi memoria dos tardes atrás, no eras a quien recordaba con tanto ímpetu y emoción. ¿Qué pasó? Algo dentro de nosotros se rompió que ya no había manera de arreglar. Algo salió mal, provocando que ya no nos queramos ver más. Algo pasó que hizo que no me quisieras volver a esperar. Lo único que escuché de ti aquella tarde, cuando me despedí de ti fue: "The 'endless love' really has an end". Y esa fue la última tarde que te vi. Desde entonces, cada mediodía miro de reojo la puerta para ver si realmente aún sigues creyendo semejante tontería, porque aquí sigo yo, amándote.

jueves, 11 de diciembre de 2014

No le cuentes tus historias al papel

"No le cuentes tus historias al papel" - escuchaba aquel mediodía de la boca de ese profesor amargado que jamás consiguió que ni siquiera su propio lápiz lo tomara en cuenta. "No le cuentes tus historias al papel, ya me oíste", repetía sin cesar al leer tal escrito que salía al fundir mi alma con la hoja. Y me fui a casa así, "no le cuentes tus historias al papel".
"Estoy harto" - me decía a mi mismo sentado a los pies de mi cama. Decidí ir a dar una vuelta a la pobre librería a la vuelta de casa. Cada día más vacía, cada día más 'deslibrada'. Los impuestos, la constante inflación, la censura gubernamental, cada día más vacía, menos libros, menos historias, menos personajes, menos recuerdos, menos pasado haciéndose presente. Y ahí estaba yo, en medio de aquellos 8 pasillos, de los cuales sólo 3 mantenían uno que otro libro revoloteando por sus estanterías. "¡Sólo tres! ¿Cómo será el mundo tan inculto como para despoblar tantos estantes de lo único que mantiene vivo la historia y gran parte de la creatividad de una persona? ¿Cómo?" - me cuestiono constantemente. Pero ahí estaba. "No le cuentes tus historias al papel" - resonaban aquellas palabras en mi cabeza. Tantos autores aquí, entre estas tablas de madera que le contaron sus historias al papel y este mentecato me sugiere que no lo haga más. Desde los reinos más antiguos como China, Egipto o Israel hasta los más recientes como Reino Unido, Alemania o Francia, repletos de personas y personas que escribieron, que basaron sus historias en otras historias o, incluso, en la suya propia. Ahí estaban y quieren suprimir la cultura del libro, suprimir la historia de la humanidad, suprimir sus propias historias, sus propias vidas.
Me amargué. Volví a casa, preparé un mate, me senté a la mesa con una pequeña libreta que tengo guardada para mis escritos, y ahí empecé a fluir, empecé a moverme, a bailar sobre aquel virginal papel, a fundirme en él, y mezclarme con su inocencia, comencé a contarle mis historias, día tras día lo hice, ya no era una libreta, sino dos y tres, se llenaron, me emocioné. Tres meses de aquel eterno vals, de aquella eterna conversación con mis amigos: papel y lápiz.
Años después esas libretas llegaron a los grandes puestos de librerías en un sólo libro que nació a partir de lo que en ella había plasmado tiempo atrás, pero que finalmente terminaron siendo uno más en aquella abandonada librería vieja que había a la vuelta de mi casa, en mi casa de la niñez.
"No le cuentes tus historias al papel" - recordé.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Un fracaso. Una historia.

Miro mi reloj: 12:35 de la madrugada, mi vaso de whisky en el velador, mi maquina de escribir en el escritorio y sentado en mi cama con la pluma y el papel. ¿Qué crear ahora? Me siento seco, como aquella vez que dejé mi frasco de tinta abierto por 4 horas en un asqueroso día de verano, un calor insoportable, tanto que el propio pellejo ya era intolerable. Un mosquito de aquí para allá rodea mi habitación, ¿dónde dejé el insecticida? ¿apagué la luz de la cocina? ¡¿cerré el gas?!
Soy una mente dispersa, así jamás podré escribir otra gran obra en mucho tiempo. Un éxito ya había sido demasiado para mi corto talento al parecer. Tendría que resignarme a alguna esporádica columna periodística o abrir un blog en internet, tal vez, de todas formas, eso es lo que está de moda por estos días. Soy un desagradable escritor anticuado que ama ese olor a tinta, ese dulce​ roce de la punta de la pluma sobre el papel y aquí estoy, pensando en algún amor que me inspire:
"Oh, blancas rosas bailan en medio del jardín
Blancas como tu tez al asomarse a mis ventanas
Tranquilas como tú en medio del diario trajín
De aquellos transeúntes de estas frías veredas"
Y sí... es verdad que Lucía de la Fuente fue la gran musa de aquellos tiempos en que mi escritura era conocida. ¿Sería ella la clave de mi éxito? A final de cuentas, pensando en ella, manteniendo vivo su recuerdo logré unos dos o tres cuartos de mi libro. Una musa con M mayúscula. Una europea, blanca como la sal, dulce como la brisa suave de primavera en medio de los campos, una verdadera musa, de esas que no suelen verse en la costa este de esta desolada Sudamérica. Pero ahí estaba y era mía. Era mía y de nadie más. Un idiota fui, porque la dejé ir y ahora me duele su recuerdo. Me enfrasqué en esto que ya no fluye y me convertí en el solterón abandonado de Palermo. Virgen a los cuarenta porque el boludo nunca se casó y nunca tuvo ninguna aventura con nadie fuera de Lucía de la Fuente. Pero mi aventura se convirtió en escritura, me enamoré de las letras como un joven se enamora de su mejor amiga de la infancia, esa pequeña amiga de toda la vida. Yo le contaba mis secretos al abecedario. Le contaba mis historias al papel y me reproducía con las teclas duras de esta vieja máquina de escribir, que adquirí por allá en medio de los '70 en mi viaje a París. Soñaba con una europea, ahí la tenía, pero tanto esperé por tenerla en mis brazos que mi espera me consumió el deseo pasional juvenil y gritó su oposición la literatura en mi interior. Y aquí estoy... 12:54 de la madrugada y aún no escribo nada, miro mi hoja y pienso en lo idiota que he sido a lo largo de mi vida al enfrascarme en algo que no echó raíces, que hoy no me dejó nada más que una gran amiga: la pluma de mi abuelo.
Ya estoy pisando los 60 años y nada. Un sólo libro he escrito y fue el boom del momento, un momento más efímero que los 15 minutos de fama de un pelotudo que se para frente a una cámara a criticar o hacer "política" en esta Nación que me vio nacer, que extendió sus alas celestes y su sol me sonrió el día en que nací, pero que al otro día me dio la espalda, porque no era lo suficientemente bueno como para llevar el orgullo de haber nacido bajo sus alas. Y no lo fui. No me comparo en nada a colegas como Sábato, Cortázar o el gran Borges. Soy un fiasco con cara de yankee. Sí, para ser un fiasco, tienes que parecer uno, ¿no les parece? Pero no te puede bastar parecer uno cualquiera, tienes que parecerte a la escoria más grande registrada en este planeta.
No puedo dejarla, no puedo dejar esta pluma tirada, pero tampoco puedo abandonar el afable, ya indoloro, recuerdo de Lucía. No puedo, no puedo, no puedo. Debo hacerlo, debo volver a encaminar mi vida en las vías del dinero y del eterno consumismo, debo dejar de mendigar migas de pan entre mis amigos y antiguos lectores. Mas, cuando te enamoras, ¿qué te puede destruir? Nada. Nada en lo absoluto. Amas con locura, con ceguera, con temeridad, no hay toque alguno de precaución ni de seguridad, te entregas hasta lo sumo, hasta fundirte en ese amor, hasta fundirte en el cuerpo del recuerdo, ser uno más que cuente la historia, uno más que sea parte de la biografía que a tan dulce musa pertenece.
Otra hoja más en dirección al tacho de la basura, una vez más que la pluma habitará bajó las tenebrosas sombras del cajón de aquel viejo escritorio, otro vaso de whisky que sólo será el objeto interesante de algún pequeño relato que surja en algún momento y que ahora es el elixir que me llevará a los brazos de mi íntimo amigo, Morfeo, cuando tres "uno" me marcan la hora de partir el viaje, donde las ideas vuelan y los recuerdos florecen en su máximo esplendor.