Un espacio donde encontrarás cuentos, poemas y reflexiones para tu día a día
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Sentir; vivir; morir
Camino, escribo; escribo, camino. Sentado en el escritorio del desván, camino. Sentado, quieto, pero camino. Mi muñeca danza, la mente vuela, el texto nace, y el amor ya no se queja. Y camino. Pasa la vida frente a mi ventana, desde aquí veo a los nenes jugar en la plaza, veo la pelota volar hacia el techo de una casa, veo la tinta depositarse sobre las hojas, y camino. Me canso de caminar, y comienzo a trotar, luego a correr. El mundo gira a mi alrededor, pero está quieto; me mira con sus ojos ciegos, ¿me mira realmente? Yo lo veo, no sé si él. Me siento en el infierno de Descartes, y no sé si lo veo, pero creo verlo; dejé de correr, camino. Me cansé, miré alrededor mientras camino, el tiempo pareciera estar quieto, silencioso, vigilante, pero da igual, yo camino. Veo hacia el pasado, veo lo que voy dejando al caminar, fotografío las realidades que me invento al caminar, los rostros de amigos, de amigas, de paisajes, de casas, mis hogares. Veo tu rostro, me enamoro. Siento el viento, no veo su procedencia, ni su destino, mas yo camino. Me aventuro en lo seguro, en lo inseguro; en lo estable, lo inestable; en lo visible, y lo invisible. Te extraño, me extraño. Camino, y me encuentro con mi yo pasado, nos reímos, juntos lloramos, nos lamentamos, nos animamos. Reflexionamos, nos despedimos y, en direcciones opuestas, caminamos. Te busco, ya no caminas, miro el tiempo, ya no es el mismo; me jugó una trampa: corrió mientras yo solo caminaba. Si hay hijos, no lo sé; miraba otras cosas mientras caminé, perdí tu rostro, te idealicé, me frustré, recorrí el último trecho, y yaciendo te encontré. Te miré, me enamoré. Dejé de caminar, mis latidos sincronicé, me recosté. Contigo siempre ahora descansaré.
jueves, 8 de octubre de 2015
Desde las altas cumbres escribo para ti
Un día viajaba yo, por las altas montañas viajaba, recordaba yo tu amor, que en casa me esperaba. Poco sabías, mi amor, de mi paradero. Créeme que aún menos sabía yo.
Entre los pastizales de las más altas cumbres, a pensar me puse: tan joven soy y tan amante, tan cerca del calor de tu corazón y aquí tan distante, tanto te amo yo y aquí sin poder besarte.
Recordé que te gustaba que escribiera, que te escribiera. Acá estoy, contemplando este verde y florido paisaje, ese río descendiendo desde la punta nevada, "que hermoso contraste invierno primaveral", pensé.
(Te dije que antes de clavar la punta de mi lápiz otra vez, me inspiraría bien. Entonces me moví hasta estos tranquilos paisajes).
Saco de mi bolsito viajero este bloc, un bloc de notas común y silvestre para retratar estas cosas, que para ti, hay en mi mente.
(Y no hay nada peor, justo cuando empezaba a inspirarme, el lápiz se agotó, tanto que ni el fuego derritió la tinta que restaba para dedicarte algunas palabras, pero no hay buen escritor tan precavido que traiga otra lapicera o su recarga. Y vuelvo a las canchas).
Empezaré por decirte que te extraño, más de lo que puedes imaginar, o más de lo que crees que yo puedo extrañar. Sí, tu aroma, la caricia de tus cabellos, la intimidad de nuestras miradas, el calor de tus besos en mi cuello, la soltura y el ritmo de nuestros cuerpos. Extraño tu risa, la dulzura con que miras, el amor que transmites al hablar y esos eternos abrazos que nos echan a volar.
Es cierto, despertaría cada mañana y me acostaría cada noche sabiendo que comparto mi vida con la Dulcinea amada. No por ideales, caprichos, ansiedades, sino por compartir, por regalar, mis días a quien tanto amé, amo, amaré.
Le echan la culpa a Hollywood por soñar en amores sin fin, prácticamente ideales, pero ¿no lo hace García Márquez al recordar, al retratar, a sus padres? ¿no es la ficción una mera copia impregnada de realidades? No son amores sin fin, son amores que nacen al despertar y mueren al dormir, se renuevan cada mañana al decidir nuevamente por ti, por mí. Que burdo pensar en Adam Sandler y "como si fuera la primera vez", pero es así, despertar y recordar por un momento todo lo que ha acontecido hacia atrás, darte cuenta que estás al lado de quien amas de verdad.
Pensar en un futuro, quizás no ideal, no perfecto, nada de colores rosas, pero en una familia con un núcleo de amor, unidos al son, luchando juntos por ser mejor. Soñar...
Es hora ya, creo que te he de faltar, no esperes más. Desconecto mi alma de este tranquilo lugar y corro a ti, corro a tus brazos, corro para que juntos podamos volar, podamos soñar.
Entre los pastizales de las más altas cumbres, a pensar me puse: tan joven soy y tan amante, tan cerca del calor de tu corazón y aquí tan distante, tanto te amo yo y aquí sin poder besarte.
Recordé que te gustaba que escribiera, que te escribiera. Acá estoy, contemplando este verde y florido paisaje, ese río descendiendo desde la punta nevada, "que hermoso contraste invierno primaveral", pensé.
(Te dije que antes de clavar la punta de mi lápiz otra vez, me inspiraría bien. Entonces me moví hasta estos tranquilos paisajes).
Saco de mi bolsito viajero este bloc, un bloc de notas común y silvestre para retratar estas cosas, que para ti, hay en mi mente.
(Y no hay nada peor, justo cuando empezaba a inspirarme, el lápiz se agotó, tanto que ni el fuego derritió la tinta que restaba para dedicarte algunas palabras, pero no hay buen escritor tan precavido que traiga otra lapicera o su recarga. Y vuelvo a las canchas).
Empezaré por decirte que te extraño, más de lo que puedes imaginar, o más de lo que crees que yo puedo extrañar. Sí, tu aroma, la caricia de tus cabellos, la intimidad de nuestras miradas, el calor de tus besos en mi cuello, la soltura y el ritmo de nuestros cuerpos. Extraño tu risa, la dulzura con que miras, el amor que transmites al hablar y esos eternos abrazos que nos echan a volar.
Es cierto, despertaría cada mañana y me acostaría cada noche sabiendo que comparto mi vida con la Dulcinea amada. No por ideales, caprichos, ansiedades, sino por compartir, por regalar, mis días a quien tanto amé, amo, amaré.
Le echan la culpa a Hollywood por soñar en amores sin fin, prácticamente ideales, pero ¿no lo hace García Márquez al recordar, al retratar, a sus padres? ¿no es la ficción una mera copia impregnada de realidades? No son amores sin fin, son amores que nacen al despertar y mueren al dormir, se renuevan cada mañana al decidir nuevamente por ti, por mí. Que burdo pensar en Adam Sandler y "como si fuera la primera vez", pero es así, despertar y recordar por un momento todo lo que ha acontecido hacia atrás, darte cuenta que estás al lado de quien amas de verdad.
Pensar en un futuro, quizás no ideal, no perfecto, nada de colores rosas, pero en una familia con un núcleo de amor, unidos al son, luchando juntos por ser mejor. Soñar...
Es hora ya, creo que te he de faltar, no esperes más. Desconecto mi alma de este tranquilo lugar y corro a ti, corro a tus brazos, corro para que juntos podamos volar, podamos soñar.
domingo, 4 de octubre de 2015
Divagaciones: La vida, efímera vida
Vientos, vientos por doquier. De aquí para allá van, no sé por dónde vienen, menos sé para dónde van. Y así comenzó a caminar la vida.
Un efímero instante, pensaba, sí, pensaba día tras día que era un efímero instante. No podía dejar de tener aquello presente. Un dolor, una risa, un roce, una caricia, un golpe, una caída, la vida no era suya, ni siquiera podía considerarla vida.
Comenzó a caminar por las calles, por las noches, por las solitarias calles. Esa soledad era yo, eramos juntos, eramos. Pensar, cuán importante es no estar solo, que esencial es aprovechar ese suspiro que un guión luego representará en una lápida. Extraño esas mañanas infantiles de corretear en los recreos, extraño esas tardes de leer postrado en la cama como un enfermo, aquellas noches de trasnoche, de jugar, de platicar, de disfrutar. Las cosas han cambiado, la vida evolucionó (¿o involucionó?). Inmersos en rutina. Inmersos en la rueda de la vida, que rueda y rueda, como diría Páez. Y se nos va, pasa por un costado, y se nos va. Quedamos sin saber si la vida nos persigue o si somos nosotros tratando de alcanzarla. Y se nos va.
Ahí estoy, mirando, mirándolo, mirándolos a todos correr, de un lado a otro como en el Naveta, cuántos paros cardíacos ante ellos que no perciben el ritmo de esta triste y repugnante vida. Inevitable es recordar al Señor Samsa, oh, vaya forma de no vivir, de vivir y no poder vivir. Y se nos va.
Contextos vacíos, monólogos cruzados, estrés crónico, desorganización genética.
En eso estaba mientras tomaba mi café frente a la playa, eh, bueno, playa... Ya casi no queda playa, pero veo el mar chocar contra las paredes del local, mojar las veredas, casi no nos queda arena en la orilla, y reflexiono: el tiempo nos corroe, nos quita nuestra playa, nuestra costa, el mar arrasa y los recuerdos se evaporan, los traumas se quedan, el agua entra y nos corrompe.
Me retiro, escapar sin pagar sonaba tentador, demasiado honesto para hacerlo, demasiado efímero para hacerlo. Saludé, agradecí, tomé un periódico y me fui. Esquivando bicicletas y rollers por la ciclovía. La vida necesita algo de adrenalina, creo.
Hacia el norte me trazaba camino el destino, ¿el destino? La ciclovía terminó, la carretera comienza, el viento es fuerte, hay marejada. Y solo me queda el amor. El amor enciende mi vida. El amor desborda las fuentes que alimentan mi alma. Sueño despierto, sueño en esta tormenta descontrolada. A la orilla de la costanera camino. Camino sin rumbo, sin destino fijo, camino en dirección al amor. Me devuelvo y camino hacia el sur. Persigo a quien me ama, persigo a quien amo. Un conductor insensato, descontrolado. Subió a la acera y bajó conmigo al acantilado. La vida es viento: no sabes cuándo viene y cuándo se va.
Un efímero instante, pensaba, sí, pensaba día tras día que era un efímero instante. No podía dejar de tener aquello presente. Un dolor, una risa, un roce, una caricia, un golpe, una caída, la vida no era suya, ni siquiera podía considerarla vida.
Comenzó a caminar por las calles, por las noches, por las solitarias calles. Esa soledad era yo, eramos juntos, eramos. Pensar, cuán importante es no estar solo, que esencial es aprovechar ese suspiro que un guión luego representará en una lápida. Extraño esas mañanas infantiles de corretear en los recreos, extraño esas tardes de leer postrado en la cama como un enfermo, aquellas noches de trasnoche, de jugar, de platicar, de disfrutar. Las cosas han cambiado, la vida evolucionó (¿o involucionó?). Inmersos en rutina. Inmersos en la rueda de la vida, que rueda y rueda, como diría Páez. Y se nos va, pasa por un costado, y se nos va. Quedamos sin saber si la vida nos persigue o si somos nosotros tratando de alcanzarla. Y se nos va.
Ahí estoy, mirando, mirándolo, mirándolos a todos correr, de un lado a otro como en el Naveta, cuántos paros cardíacos ante ellos que no perciben el ritmo de esta triste y repugnante vida. Inevitable es recordar al Señor Samsa, oh, vaya forma de no vivir, de vivir y no poder vivir. Y se nos va.
Contextos vacíos, monólogos cruzados, estrés crónico, desorganización genética.
En eso estaba mientras tomaba mi café frente a la playa, eh, bueno, playa... Ya casi no queda playa, pero veo el mar chocar contra las paredes del local, mojar las veredas, casi no nos queda arena en la orilla, y reflexiono: el tiempo nos corroe, nos quita nuestra playa, nuestra costa, el mar arrasa y los recuerdos se evaporan, los traumas se quedan, el agua entra y nos corrompe.
Me retiro, escapar sin pagar sonaba tentador, demasiado honesto para hacerlo, demasiado efímero para hacerlo. Saludé, agradecí, tomé un periódico y me fui. Esquivando bicicletas y rollers por la ciclovía. La vida necesita algo de adrenalina, creo.
Hacia el norte me trazaba camino el destino, ¿el destino? La ciclovía terminó, la carretera comienza, el viento es fuerte, hay marejada. Y solo me queda el amor. El amor enciende mi vida. El amor desborda las fuentes que alimentan mi alma. Sueño despierto, sueño en esta tormenta descontrolada. A la orilla de la costanera camino. Camino sin rumbo, sin destino fijo, camino en dirección al amor. Me devuelvo y camino hacia el sur. Persigo a quien me ama, persigo a quien amo. Un conductor insensato, descontrolado. Subió a la acera y bajó conmigo al acantilado. La vida es viento: no sabes cuándo viene y cuándo se va.
martes, 21 de julio de 2015
Ocaso
¿Has pensado en cavar tu propia tumba alguna vez? ¿Has pensado que en la pereza se encuentra la mayor reserva de la más detestable insensatez? ¿Has pensado acaso? ¿Es una actividad neurológica ardiente detrás de lo miran tus ojos? Yo pienso y mis ojos solo ven tu ocaso, ven mi ocaso.
Y es que no puedo estar más terriblemente mal, no puedo. He cruzado las barreras, he destruido los muros, he quemado mi propia ciudad tal como Nerón lo hizo. He destruido a precio de nada, a placer de idiota, a ceguera ininteligible. Pero la culpa no era mía, la culpa no es mía, no me pertenece (o eso quiero creer). He cavado mi tumba cuando aquel día comencé a echar gasolina y explosivos en los alrededores de mi interior. Mera decoración. La gasolina sin arder huele bien y los explosivos le daban fulgor con su rojo color a aquellos oscuros rincones. Llené todo y poco a poco empecé a rozar las piedras de mi encendedor. Poco a poco.
¿Acaso lo has pensado? ¿Te has mirado de forma introspectiva para darte cuenta que con una simple pala has cavado en la tierra tu propio atardecer, que le has abierto paso al ocaso de tu vida?
Yo lo vi, lo sentí, lo comencé a construir, prendí fuego y todo comenzó a arder. Tardó tiempo en consumirse, es más, el fuego me confundió creyendo que ese vivo ardor era proveniente del Sol. Me engañe, pero me quedé a ver el espectáculo. Aquel que al terminar solo dejó cenizas desparramadas en todo el interior. Una ciudad abajo, en el suelo, infértil, inútil, pasada e indolora. Ya no había ninguna esperanza. El ocaso llegó.
¿Te has visto? ¿Esto hay dentro de ti? Es lo que hay dentro de mí, es lo que me rodea. Un detonante que me lleva a minar mi vida y otro que me llevó a explotarla, a hacerla desaparecer entre las llamas. ¿Acaso te has despreocupado? ¿Por acordarte de todos no te acordaste de ti mismo? ¿No te amaste? ¿Y por qué, entonces, dijiste amar a otros si no fuiste capaz de hacerlo contigo? Ilusiones vivimos sin darnos cuenta siquiera que estamos lejos de la Verdad, que nos hundimos más, que nos perdemos sin encontrarnos, sin dejar que nadie lo haga. ¿Está bien? Está pésimamente bien. No hay más, no queda más. Todo derribado, sin oportunidades, ni segundas, terceras, cuartas ni quintas chances. Se acabó... Espera, ¿se acabó?
Y es ahí cuando el ocaso se acaba. En el horizonte vuelve a rayar el alba, vuelve a iluminarse esa pequeña raya que comienza a engrosarse. Ya no es una línea, es un eterno rectángulo. Y luego pasa a ser un gran ventanal que se abre y te muestra todas esas ruinas, pero que aún tienes las herramientas de acero, las de hierro, las mejor forjadas en tu vida para volver a levantar todo aquello que se quemó, que se difuminó en el tiempo, porque aquello que fue bien cimentado no podía ser consumido por el fuego, porque cuando a prueba fue puesto, no se consumió.
¿Has pensado acaso? El ocaso a veces se hace eterno, pero es el momento para que el alba haga su trabajo y nos muestre que no todo está acabado, que no todo es cenizas ahogándose junto a nosotros en la oscuridad. Que aún quedan fuerzas, energías, dos manos y dos piernas para agarrar lo que permanece para permanecer un rato más en el tiempo.
Y es que no puedo estar más terriblemente mal, no puedo. He cruzado las barreras, he destruido los muros, he quemado mi propia ciudad tal como Nerón lo hizo. He destruido a precio de nada, a placer de idiota, a ceguera ininteligible. Pero la culpa no era mía, la culpa no es mía, no me pertenece (o eso quiero creer). He cavado mi tumba cuando aquel día comencé a echar gasolina y explosivos en los alrededores de mi interior. Mera decoración. La gasolina sin arder huele bien y los explosivos le daban fulgor con su rojo color a aquellos oscuros rincones. Llené todo y poco a poco empecé a rozar las piedras de mi encendedor. Poco a poco.
¿Acaso lo has pensado? ¿Te has mirado de forma introspectiva para darte cuenta que con una simple pala has cavado en la tierra tu propio atardecer, que le has abierto paso al ocaso de tu vida?
Yo lo vi, lo sentí, lo comencé a construir, prendí fuego y todo comenzó a arder. Tardó tiempo en consumirse, es más, el fuego me confundió creyendo que ese vivo ardor era proveniente del Sol. Me engañe, pero me quedé a ver el espectáculo. Aquel que al terminar solo dejó cenizas desparramadas en todo el interior. Una ciudad abajo, en el suelo, infértil, inútil, pasada e indolora. Ya no había ninguna esperanza. El ocaso llegó.
¿Te has visto? ¿Esto hay dentro de ti? Es lo que hay dentro de mí, es lo que me rodea. Un detonante que me lleva a minar mi vida y otro que me llevó a explotarla, a hacerla desaparecer entre las llamas. ¿Acaso te has despreocupado? ¿Por acordarte de todos no te acordaste de ti mismo? ¿No te amaste? ¿Y por qué, entonces, dijiste amar a otros si no fuiste capaz de hacerlo contigo? Ilusiones vivimos sin darnos cuenta siquiera que estamos lejos de la Verdad, que nos hundimos más, que nos perdemos sin encontrarnos, sin dejar que nadie lo haga. ¿Está bien? Está pésimamente bien. No hay más, no queda más. Todo derribado, sin oportunidades, ni segundas, terceras, cuartas ni quintas chances. Se acabó... Espera, ¿se acabó?
Y es ahí cuando el ocaso se acaba. En el horizonte vuelve a rayar el alba, vuelve a iluminarse esa pequeña raya que comienza a engrosarse. Ya no es una línea, es un eterno rectángulo. Y luego pasa a ser un gran ventanal que se abre y te muestra todas esas ruinas, pero que aún tienes las herramientas de acero, las de hierro, las mejor forjadas en tu vida para volver a levantar todo aquello que se quemó, que se difuminó en el tiempo, porque aquello que fue bien cimentado no podía ser consumido por el fuego, porque cuando a prueba fue puesto, no se consumió.
¿Has pensado acaso? El ocaso a veces se hace eterno, pero es el momento para que el alba haga su trabajo y nos muestre que no todo está acabado, que no todo es cenizas ahogándose junto a nosotros en la oscuridad. Que aún quedan fuerzas, energías, dos manos y dos piernas para agarrar lo que permanece para permanecer un rato más en el tiempo.
lunes, 22 de junio de 2015
La supuesta muerte de Raúl
Corría la noche de un modesto día otoñal. Todo el día fue como una eterna mañana hasta que el sol se despidió de todos nosotros, mortales bajo su poderío lumínico, en el horizonte de estas blancas y tristes costas. Caminaba por las calles oscuras, por los abandonados pasadizos entre callejones. Todo por no ser visto, por no ser encontrado por aquellos que querían verme desaparecer. Es difícil vivir siendo la posible víctima de tanta gente por las cosas que escribes, por lo que hablas, lo que publicas. Es difícil vivir en esta ciudad sin opinión, una ciudad sin vida, vacía y fría como el corazón de un muerto. Ya no bombea, ya no fluye, solo se reseca y desaparecer es una cuestión del amigo tiempo.
Ahí caminaba yo hasta que me crucé con uno de ellos que al parecer me había seguido la pista de mis aleatorios paseos para volver a casa. Ningún camino era igual al otro, pero ese día, sin quererlo, repetí el de unos días atrás. Movido porqué, ni idea, solo volvía a desenvolver mis pasos, el desliz de mis suelas por aquellas veredas. Y enfrente mío estaba él, tan frío e impactado como yo. Su arma temblaba en su mano como mis tripas lo hacían de temor al verme enfrentado de manera tan desagradable a esta situación, tan atípica, tan utópica y tan dolorosa.
Todo esto comienza con la publicación de un artículo casual en esas revistas que atentan con sus líneas al pensamiento colectivo, donde criticaba abiertamente la libertad, más bien libertinaje con la cual los gobernantes de la ciudad estaban decidiendo por nosotros y que toda la gente embobada apremiaba y aceptaba sin hacer ni un solo ápice de duda al respecto, riendo y aplaudiendo como si fueran los mejores gobernantes que esta tierra haya podido disfrutar, al más puro estilo feudal de la antigua Europa. ¿Mi error? Analfabetizar a la población por su ingenua aprobación. A nadie le gusta que le digan que está equivocado y menos de forma despectivamente irónica. Me odiaron. Me odié. Tampoco me gustaría que me lo hicieran a mí y luego recordé ese consejo de antaño de algún viejo colega, ese que dice que jamás debieses escribir con rabia y omitir todo tipo de edición para "suavizar" de alguna forma tus palabras. Pero ya estaba hecho y me arriesgué, gané. Pero a la vez perdí. Sí, perdí.
Ahora estoy frente a este sujeto, observo su vestimenta. Su chaqueta y su gorra demuestran su alta afiliación a este deplorable gobierno esclavizador. Era mi fin y no lo podía creer, ni siquiera cuando comencé mi regreso acaso podría creer que sucedería a tan solo cuadra y media de casa. Nada que hacer. Ahí estaba, luego de un hermoso y triste día, que probablemente esta segunda característica se la atribuyo a la inminente muerte que se acercaba a mí. Pero fue hermoso. Me junté con otros colegas que compartían mi lucha sin yo saberlo y que se habían afiliado a ella sin pensarlo demasiado, movidos por la lógica y la razón de los argumentos expuestos durante 5 años en más de 200 artículos, 3 libros y alguna que otra manifestación literaria (pues pensaba que había que llegar a todos). Disparó y no tardé más de 2 minutos en despedirme de mi cuerpo y dejar volar mi alma al desangrarme en aquellos contaminados suelos llenos de orina vagabunda.
Mi última indicación fue decirles a aquellos colegas que si publicaban, lo hicieran bajo mi nombre, por su seguridad y por mi trascendencia, pues pensaba que mi fin estaba cerca, no sabía que sería tan cerca.
Aquí va otra de mis publicaciones y dejaré la duda, quizá aquel que iba por los callejones repitiendo ingenua y estúpidamente mis pasos anteriores era otro que me quería imitar, quizá era uno de esos colegas con los que nadie me vio en aquel café o simplemente si era yo y quien les escribe sigue viviendo aquellos pasos inmortalizados en el disparo nervioso de otro idiota que sigue, "libremente", caminando por las calles, reconocido en secreto como el cuasi héroe de un totalitarismo con los días contados.
Firma: Raúl Esteban Seyen
Ahí caminaba yo hasta que me crucé con uno de ellos que al parecer me había seguido la pista de mis aleatorios paseos para volver a casa. Ningún camino era igual al otro, pero ese día, sin quererlo, repetí el de unos días atrás. Movido porqué, ni idea, solo volvía a desenvolver mis pasos, el desliz de mis suelas por aquellas veredas. Y enfrente mío estaba él, tan frío e impactado como yo. Su arma temblaba en su mano como mis tripas lo hacían de temor al verme enfrentado de manera tan desagradable a esta situación, tan atípica, tan utópica y tan dolorosa.
Todo esto comienza con la publicación de un artículo casual en esas revistas que atentan con sus líneas al pensamiento colectivo, donde criticaba abiertamente la libertad, más bien libertinaje con la cual los gobernantes de la ciudad estaban decidiendo por nosotros y que toda la gente embobada apremiaba y aceptaba sin hacer ni un solo ápice de duda al respecto, riendo y aplaudiendo como si fueran los mejores gobernantes que esta tierra haya podido disfrutar, al más puro estilo feudal de la antigua Europa. ¿Mi error? Analfabetizar a la población por su ingenua aprobación. A nadie le gusta que le digan que está equivocado y menos de forma despectivamente irónica. Me odiaron. Me odié. Tampoco me gustaría que me lo hicieran a mí y luego recordé ese consejo de antaño de algún viejo colega, ese que dice que jamás debieses escribir con rabia y omitir todo tipo de edición para "suavizar" de alguna forma tus palabras. Pero ya estaba hecho y me arriesgué, gané. Pero a la vez perdí. Sí, perdí.
Ahora estoy frente a este sujeto, observo su vestimenta. Su chaqueta y su gorra demuestran su alta afiliación a este deplorable gobierno esclavizador. Era mi fin y no lo podía creer, ni siquiera cuando comencé mi regreso acaso podría creer que sucedería a tan solo cuadra y media de casa. Nada que hacer. Ahí estaba, luego de un hermoso y triste día, que probablemente esta segunda característica se la atribuyo a la inminente muerte que se acercaba a mí. Pero fue hermoso. Me junté con otros colegas que compartían mi lucha sin yo saberlo y que se habían afiliado a ella sin pensarlo demasiado, movidos por la lógica y la razón de los argumentos expuestos durante 5 años en más de 200 artículos, 3 libros y alguna que otra manifestación literaria (pues pensaba que había que llegar a todos). Disparó y no tardé más de 2 minutos en despedirme de mi cuerpo y dejar volar mi alma al desangrarme en aquellos contaminados suelos llenos de orina vagabunda.
Mi última indicación fue decirles a aquellos colegas que si publicaban, lo hicieran bajo mi nombre, por su seguridad y por mi trascendencia, pues pensaba que mi fin estaba cerca, no sabía que sería tan cerca.
Aquí va otra de mis publicaciones y dejaré la duda, quizá aquel que iba por los callejones repitiendo ingenua y estúpidamente mis pasos anteriores era otro que me quería imitar, quizá era uno de esos colegas con los que nadie me vio en aquel café o simplemente si era yo y quien les escribe sigue viviendo aquellos pasos inmortalizados en el disparo nervioso de otro idiota que sigue, "libremente", caminando por las calles, reconocido en secreto como el cuasi héroe de un totalitarismo con los días contados.
Firma: Raúl Esteban Seyen
martes, 9 de junio de 2015
Sick
No suelo enfermarme, la verdad es que no, no me enfermo. Pero esas pocas veces en que me enfermo, me enfermo con ganas, de esas veces que te dejan en cama, con dolores estratosféricos, una fiebre muy alta y con ganas de morir (bueno, sí, quizá si tenga alguna especie de trauma frente a la irregularidad con que aparecen estas cosas por estos lados).
Estas ocasiones te hacen activar ese componente, a veces detestable, llamado nostalgia. Ya no sé qué pensar de la fidelidad que me guardan los recuerdos al leer a un Borges decir en Zékian: "Cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando un último recuerdo. Intento no pensar en cosas pasadas porque si lo hago, sé que lo estoy haciendo sobre recuerdos, no sobre las primeras imágenes"
Quizá sea loco, ¡pero cuánta razón! Cada vez la pasada niñez y la venidera juventud se vuelve más difusa, todos tus recuerdos tienen la coartada perfecta para el momento exacto. Ridículo. Nunca fue así, pero hay que ser el héroe, entonces así nunca estuve enfermo, nunca pagué dinero extra por el café que pedí en la mañana ni me tiré en el suelo de un cubículo mientras trabajábamos en la universidad porque tenía los principios de mi venidera enfermedad.
Nunca lo hice. Soy el héroe según mis recuerdos, pero la verdad es que cada vez me esclarecen más mi sentimiento de muerte en aquellas crisis invernales de mi, ya pasado, asma. Aquellas crisis que me dejaban 5 o 10 veces peor de lo de hoy, días que no te podrías ni levantar, porque un movimiento se agitaba a tal punto que había que volver a comenzar (me sentía como aquella máquina vieja con Windows 95, ironizando, movías el ratón y ya tenías que reiniciar el sistema porque había detectado un cambio).
Pero qué más da tanta cuestión existencial cuando estás enfermo. Lo único que necesitas es que te acobijen y te cuiden, dejas de ser el héroe. Matas definitivamente ese recuerdo sobre recuerdo arrogante que gira en torno a uno mismo. Dejas de ser el personaje principal. Dejas de fingir que eres aquel Harrison Ford escapando de cada trampa oculta en esas catacumbas con el tesoro escondido, con el peinado perfecto y en el primer plano de todas las cámaras habidas y por haber.
Dejas que otro tome el protagonismo para volver a hacer aquel héroe. Entregas tu salud a quien te quiere cuidar, dar amor. Por eso uno se debe enfermar en el tiempo, para no olvidar que no eres el protagonista siempre, que no eres siempre el centro. No hay necesidad de hacer heroicos esos recuerdos sobre recuerdos. Dispararse como la pelotita del flipper al perder y empezar de nuevo.
Bueno, ¿y yo? Sigo aquí, enfermo...
Estas ocasiones te hacen activar ese componente, a veces detestable, llamado nostalgia. Ya no sé qué pensar de la fidelidad que me guardan los recuerdos al leer a un Borges decir en Zékian: "Cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando un último recuerdo. Intento no pensar en cosas pasadas porque si lo hago, sé que lo estoy haciendo sobre recuerdos, no sobre las primeras imágenes"
Quizá sea loco, ¡pero cuánta razón! Cada vez la pasada niñez y la venidera juventud se vuelve más difusa, todos tus recuerdos tienen la coartada perfecta para el momento exacto. Ridículo. Nunca fue así, pero hay que ser el héroe, entonces así nunca estuve enfermo, nunca pagué dinero extra por el café que pedí en la mañana ni me tiré en el suelo de un cubículo mientras trabajábamos en la universidad porque tenía los principios de mi venidera enfermedad.
Nunca lo hice. Soy el héroe según mis recuerdos, pero la verdad es que cada vez me esclarecen más mi sentimiento de muerte en aquellas crisis invernales de mi, ya pasado, asma. Aquellas crisis que me dejaban 5 o 10 veces peor de lo de hoy, días que no te podrías ni levantar, porque un movimiento se agitaba a tal punto que había que volver a comenzar (me sentía como aquella máquina vieja con Windows 95, ironizando, movías el ratón y ya tenías que reiniciar el sistema porque había detectado un cambio).
Pero qué más da tanta cuestión existencial cuando estás enfermo. Lo único que necesitas es que te acobijen y te cuiden, dejas de ser el héroe. Matas definitivamente ese recuerdo sobre recuerdo arrogante que gira en torno a uno mismo. Dejas de ser el personaje principal. Dejas de fingir que eres aquel Harrison Ford escapando de cada trampa oculta en esas catacumbas con el tesoro escondido, con el peinado perfecto y en el primer plano de todas las cámaras habidas y por haber.
Dejas que otro tome el protagonismo para volver a hacer aquel héroe. Entregas tu salud a quien te quiere cuidar, dar amor. Por eso uno se debe enfermar en el tiempo, para no olvidar que no eres el protagonista siempre, que no eres siempre el centro. No hay necesidad de hacer heroicos esos recuerdos sobre recuerdos. Dispararse como la pelotita del flipper al perder y empezar de nuevo.
Bueno, ¿y yo? Sigo aquí, enfermo...
domingo, 31 de mayo de 2015
Somos ironía
¿Es acaso la vida una ironía? Camino entre las luces del mediodía o entre las sombras de la medianoche y me cuestiono, me cuestiono qué tan cuerdos (o qué tan locos) estamos para vivir una ironía, para vivir la sátira de nuestras propias vidas.
Vivimos diciendo sí cuando en realidad queremos no, vivimos sintiendo calor cuando tenemos frío, vivimos diciendo 'te amo' cuando realmente queremos estar solos en nuestro interior. ¡Vivimos cuando no queremos vivir! Nos levantamos para caminar un nuevo día, pero es nuestro mayor error.
Vivimos la ironía, la ironía es la esencia de nuestra vida. Hacemos las cosas por el "bien" de otro para nuestro propio beneficio. Exigimos libertad y escogemos por otros.
¿Y qué? ¿Qué hemos logrado luego de tanto esfuerzo? Luchamos contra nosotros mismos, lo que queremos hacer no lo hacemos y lo que no queremos hacer, eso hacemos.
Nos creemos los dueños de la ironía, competimos para ver quién ironiza más, quién lo hace mejor y al final son todos víctimas de su propia ironía, víctimas del absurdo 'sartreano'.
Ironía... aquello que nos hace humanos, nos hace falibles y nos da ese toque de incoherencia que vivimos cada día, a cada instante. Eso que nos hace esforzarnos por ser mejores, más certeros, más creíbles (aunque en verdad no sea lo que queremos), pero ahí estamos luchando para querer ser lo dueños de nuestras propias vidas, (dueños de las de otros también) sin poder siquiera con la mitad de la nuestra. Dueños de lo absurdo.
¿Es acaso la vida una ironía? Pues si me lo preguntan, ironía eres tú.
Vivimos diciendo sí cuando en realidad queremos no, vivimos sintiendo calor cuando tenemos frío, vivimos diciendo 'te amo' cuando realmente queremos estar solos en nuestro interior. ¡Vivimos cuando no queremos vivir! Nos levantamos para caminar un nuevo día, pero es nuestro mayor error.
Vivimos la ironía, la ironía es la esencia de nuestra vida. Hacemos las cosas por el "bien" de otro para nuestro propio beneficio. Exigimos libertad y escogemos por otros.
¿Y qué? ¿Qué hemos logrado luego de tanto esfuerzo? Luchamos contra nosotros mismos, lo que queremos hacer no lo hacemos y lo que no queremos hacer, eso hacemos.
Nos creemos los dueños de la ironía, competimos para ver quién ironiza más, quién lo hace mejor y al final son todos víctimas de su propia ironía, víctimas del absurdo 'sartreano'.
Ironía... aquello que nos hace humanos, nos hace falibles y nos da ese toque de incoherencia que vivimos cada día, a cada instante. Eso que nos hace esforzarnos por ser mejores, más certeros, más creíbles (aunque en verdad no sea lo que queremos), pero ahí estamos luchando para querer ser lo dueños de nuestras propias vidas, (dueños de las de otros también) sin poder siquiera con la mitad de la nuestra. Dueños de lo absurdo.
¿Es acaso la vida una ironía? Pues si me lo preguntan, ironía eres tú.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)