sábado, 8 de septiembre de 2018

Un exabrupto

Sociedad autodestructiva
Búsquedas sin objetivos
Resurrección de hechos pasados
Construcción de falsos mártires
Esto no es un partido de fútbol
Es un clásico de fútbol americano (si los hay)
En el que se quiebran y matan
Se olvidan de ideales, de ser humanos
Nadie dice basta
Quienes tienen la palabra
Solo avivan la llama permanente
De una pugna constante, viviente
Y nadie dice basta
Gobernantes, líderes, personas
incompetentes,
inoperantes,
corruptos
Hechos que son como estas líneas
Un exabrupto


jueves, 19 de octubre de 2017

El blues de mi alma

Estoy sentado, oyendo mi jazz, bebiendo literatura. ¿Qué haré sino divagar entre estas crípticas líneas? Crípticas por depositar en ellas los secretos de lo cotidiano, los secretos deseos de despojarme de estas cadenas y volver a emprender vuelo. Deposito en ellas la más profunda tristeza, ¿será el jazz? ¿será la inconformidad? ¿será, simplemente, la vida y sus bromas de mal gusto? No sé. Por eso divago. Exploro, busco, indago, me mezclo con mis recuerdos, mis deseos, me abandono, y vuelvo, vuelvo a esta realidad. Otro trago de literatura, otro trago de whisky, otro acorde melancólico de aquel jazz que resuena en mi mente. ¿Qué hacer sino huir y volver a ser feliz? ¿Qué hacer sino escupir para arriba y volver a sufrir? ¿Qué hacer...? ¿Qué...?
Las desilusiones, las broncas, me hielan, te hielan. Sientes su frío abrazador recorrerte de principio a fin, de pies a cabeza, llenar cada poro, cada célula. ¿Qué hacer...?
Escupo mi rabia, mis tristezas, mis desilusiones, mis amarguras, las escupo en estas letras. Ya no hay luces y todo ha oscurecido, todo se corrobora según las leyendas que había escuchado en mi juventud. La fría jarra de agua chocar con mi rostro y derramar la verdad, esa que brilla delante de ti, potente y transparente, y que no quieres mirar. Su luz te ciega, te quema, ¡te duele! La verdad duele.
Otro trago, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro... y ya no sé cuántos van.
Así como no sé cuánto tiempo llevo acá, cayendo en la espiral de la mentira que me abofeteó tanto tiempo, y que no quise mirar a la cara. ¿Qué hacer...?
Una vez más doy un trago, se acabó, se acabó de una vez como estas líneas que sufrí, pero que ahora sello para siempre en mis recuerdos de aquello que fue, que viví, pero que no quiero volver a sentir. ¡Se acabó! ¿Se acabó? ¿Qué hacer...?

lunes, 20 de marzo de 2017

Memorias y herencia

Noche, dulce noche
Amarga noche
Melancólica noche

Días recordando tu presencia
Por las veredas que antes recorrieras
Cómo olvidarte, cómo no recordarte
Extrañar tu esencia
Tu consejo eficaz
Aquel paternal soporte

Tiempo ha pasado, sí
¿Pero qué es el tiempo?
Esa arena cayendo por el reloj
Un reloj distante
Un reloj que mortifica
Un reloj distinto para tu alma
Para la mía

Recuerdos detrás de las ventanas
En tus padres las canas
En tus amigos arrugas
En tus hijos la herencia dormida

Oh, noche
Oh, día
¿Qué hacer por estas vías?
Vías de dolor y de esperanza
De muerte, y de nueva vida

jueves, 19 de enero de 2017

A veces

Es fácil pensar la vida en rosados colores
Fácil hacerse a la idea de floreados pastos
Fácil mirarte y fingir que todo ha cambiado
Difícil aceptar, a veces, que nos hemos estancado
Cayendo en picada hacia el cielo, a veces
Chocando con paredes de arena, a veces
Ahogándome en vasos de tequila llenos de agua
A veces
A veces
A veces pienso, y otras no tanto
Pero escribo siempre, no, también a veces
La mano cada vez más tiesa con el paso de los años
Con la llegada de la experiencia
Con las ideas enclaustradas
Con los sueños vencidos
Las promesas caducadas
A veces, a veces me leo y me desconozco
Un pequeño soñador y esperanzado
Un adolescente lleno de fuego y apasionado
Hoy, otro joven, triste y avejentado
A veces estoy, a veces ausente
Así como aquel momento en que estabas presente
Y a veces, a veces te miro a los ojos
Me reflejo
Te leo
Me lees
Y puedo sentir a aquel niño fuerte
Soñador y triunfante
Renovar a este joven ausente
Pero
Solo
A veces

martes, 25 de octubre de 2016

Cansado (léase: Esperanzado)

Me he cansado de la puta hipocresía
De luchar por mis sueños cada día
Me he cansado de estar aquí mirando
Aquellos cientos de entes por la acera caminando
Me cansé de ser inerte, de jugar a la suerte
De seguir adelante, de esperarte, de tenerte
De estar espectante al momento en que decidas luchar
De tomar las acciones, de cambiar y no solo marchar
Me cansé de levantarme y leer en el diario lo mismo
Que humillación, muertes, maltratos, condimentados de cinismo
Me cansé de mirarme al espejo y catalogarme inútil
De soñar que en un aula, frente a tantos, sería útil
Me cansé de quejarme detrás de un teclado
Me cansé de mirar el cielo en el pasto echado
Me cansé de toda esta realidad, de estas luchas sin unión
De mirarte hablar del colectivo, cuando pensás solo en vos
Me cansé, y aquí me lees, uno más de todo lo anterior
Solo espero que aquel aula sea un buen reflejo del interior
De miles de almas trastocadas anhelando el cambio
Ese cambio que empieza en nosotros; sí, vos y yo

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Sentir; vivir; morir

Camino, escribo; escribo, camino. Sentado en el escritorio del desván, camino. Sentado, quieto, pero camino. Mi muñeca danza, la mente vuela, el texto nace, y el amor ya no se queja. Y camino. Pasa la vida frente a mi ventana, desde aquí veo a los nenes jugar en la plaza, veo la pelota volar hacia el techo de una casa, veo la tinta depositarse sobre las hojas, y camino. Me canso de caminar, y comienzo a trotar, luego a correr. El mundo gira a mi alrededor, pero está quieto; me mira con sus ojos ciegos, ¿me mira realmente? Yo lo veo, no sé si él. Me siento en el infierno de Descartes, y no sé si lo veo, pero creo verlo; dejé de correr, camino. Me cansé, miré alrededor mientras camino, el tiempo pareciera estar quieto, silencioso, vigilante, pero da igual, yo camino. Veo hacia el pasado, veo lo que voy dejando al caminar, fotografío las realidades que me invento al caminar, los rostros de amigos, de amigas, de paisajes, de casas, mis hogares. Veo tu rostro, me enamoro. Siento el viento, no veo su procedencia, ni su destino, mas yo camino. Me aventuro en lo seguro, en lo inseguro; en lo estable, lo inestable; en lo visible, y lo invisible. Te extraño, me extraño. Camino, y me encuentro con mi yo pasado, nos reímos, juntos lloramos, nos lamentamos, nos animamos. Reflexionamos, nos despedimos y, en direcciones opuestas, caminamos. Te busco, ya no caminas, miro el tiempo, ya no es el mismo; me jugó una trampa: corrió mientras yo solo caminaba. Si hay hijos, no lo sé; miraba otras cosas mientras caminé, perdí tu rostro, te idealicé, me frustré, recorrí el último trecho, y yaciendo te encontré. Te miré, me enamoré. Dejé de caminar, mis latidos sincronicé, me recosté. Contigo siempre ahora descansaré.

jueves, 8 de octubre de 2015

Desde las altas cumbres escribo para ti

Un día viajaba yo, por las altas montañas viajaba, recordaba yo tu amor, que en casa me esperaba. Poco sabías, mi amor, de mi paradero. Créeme que aún menos sabía yo.
Entre los pastizales de las más altas cumbres, a pensar me puse: tan joven soy y tan amante, tan cerca del calor de tu corazón y aquí tan distante, tanto te amo yo y aquí sin poder besarte.
Recordé que te gustaba que escribiera, que te escribiera. Acá estoy, contemplando este verde y florido paisaje, ese río descendiendo desde la punta nevada, "que hermoso contraste invierno primaveral", pensé.
(Te dije que antes de clavar la punta de mi lápiz otra vez, me inspiraría bien. Entonces me moví hasta estos tranquilos paisajes).
Saco de mi bolsito viajero este bloc, un bloc de notas común y silvestre para retratar estas cosas, que para ti, hay en mi mente.
(Y no hay nada peor, justo cuando empezaba a inspirarme, el lápiz se agotó, tanto que ni el fuego derritió la tinta que restaba para dedicarte algunas palabras, pero no hay buen escritor tan precavido que traiga otra lapicera o su recarga. Y vuelvo a las canchas).
Empezaré por decirte que te extraño, más de lo que puedes imaginar, o más de lo que crees que yo puedo extrañar. Sí, tu aroma, la caricia de tus cabellos, la intimidad de nuestras miradas, el calor de tus besos en mi cuello, la soltura y el ritmo de nuestros cuerpos. Extraño tu risa, la dulzura con que miras, el amor que transmites al hablar y esos eternos abrazos que nos echan a volar.
Es cierto, despertaría cada mañana y me acostaría cada noche sabiendo que comparto mi vida con la Dulcinea amada. No por ideales, caprichos, ansiedades, sino por compartir, por regalar, mis días a quien tanto amé, amo, amaré.
Le echan la culpa a Hollywood por soñar en amores sin fin, prácticamente ideales, pero ¿no lo hace García Márquez al recordar, al retratar, a sus padres? ¿no es la ficción una mera copia impregnada de realidades? No son amores sin fin, son amores que nacen al despertar y mueren al dormir, se renuevan cada mañana al decidir nuevamente por ti, por mí. Que burdo pensar en Adam Sandler y "como si fuera la primera vez", pero es así, despertar y recordar por un momento todo lo que ha acontecido hacia atrás, darte cuenta que estás al lado de quien amas de verdad.
Pensar en un futuro, quizás no ideal, no perfecto, nada de colores rosas, pero en una familia con un núcleo de amor, unidos al son, luchando juntos por ser mejor. Soñar...
Es hora ya, creo que te he de faltar, no esperes más. Desconecto mi alma de este tranquilo lugar y corro a ti, corro a tus brazos, corro para que juntos podamos volar, podamos soñar.

domingo, 4 de octubre de 2015

Divagaciones: La vida, efímera vida

Vientos, vientos por doquier. De aquí para allá van, no sé por dónde vienen, menos sé para dónde van. Y así comenzó a caminar la vida.
Un efímero instante, pensaba, sí, pensaba día tras día que era un efímero instante. No podía dejar de tener aquello presente. Un dolor, una risa, un roce, una caricia, un golpe, una caída, la vida no era suya, ni siquiera podía considerarla vida.
Comenzó a caminar por las calles, por las noches, por las solitarias calles. Esa soledad era yo, eramos juntos, eramos. Pensar, cuán importante es no estar solo, que esencial es aprovechar ese suspiro que un guión luego representará en una lápida. Extraño esas mañanas infantiles de corretear en los recreos, extraño esas tardes de leer postrado en la cama como un enfermo, aquellas noches de trasnoche, de jugar, de platicar, de disfrutar. Las cosas han cambiado, la vida evolucionó (¿o involucionó?). Inmersos en rutina. Inmersos en la rueda de la vida, que rueda y rueda, como diría Páez. Y se nos va, pasa por un costado, y se nos va. Quedamos sin saber si la vida nos persigue o si somos nosotros tratando de alcanzarla. Y se nos va.
Ahí estoy, mirando, mirándolo, mirándolos a todos correr, de un lado a otro como en el Naveta, cuántos paros cardíacos ante ellos que no perciben el ritmo de esta triste y repugnante vida. Inevitable es recordar al Señor Samsa, oh, vaya forma de no vivir, de vivir y no poder vivir. Y se nos va.
Contextos vacíos, monólogos cruzados, estrés crónico, desorganización genética.
En eso estaba mientras tomaba mi café frente a la playa, eh, bueno, playa... Ya casi no queda playa, pero veo el mar chocar contra las paredes del local, mojar las veredas, casi no nos queda arena en la orilla, y reflexiono: el tiempo nos corroe, nos quita nuestra playa, nuestra costa, el mar arrasa y los recuerdos se evaporan, los traumas se quedan, el agua entra y nos corrompe.
Me retiro, escapar sin pagar sonaba tentador, demasiado honesto para hacerlo, demasiado efímero para hacerlo. Saludé, agradecí, tomé un periódico y me fui. Esquivando bicicletas y rollers por la ciclovía. La vida necesita algo de adrenalina, creo.
Hacia el norte me trazaba camino el destino, ¿el destino? La ciclovía terminó, la carretera comienza, el viento es fuerte, hay marejada. Y solo me queda el amor. El amor enciende mi vida. El amor desborda las fuentes que alimentan mi alma. Sueño despierto, sueño en esta tormenta descontrolada. A la orilla de la costanera camino. Camino sin rumbo, sin destino fijo, camino en dirección al amor. Me devuelvo y camino hacia el sur. Persigo a quien me ama, persigo a quien amo. Un conductor insensato, descontrolado. Subió a la acera y bajó conmigo al acantilado. La vida es viento: no sabes cuándo viene y cuándo se va.

martes, 21 de julio de 2015

Ocaso

¿Has pensado en cavar tu propia tumba alguna vez? ¿Has pensado que en la pereza se encuentra la mayor reserva de la más detestable insensatez? ¿Has pensado acaso? ¿Es una actividad neurológica ardiente detrás de lo miran tus ojos? Yo pienso y mis ojos solo ven tu ocaso, ven mi ocaso.
Y es que no puedo estar más terriblemente mal, no puedo. He cruzado las barreras, he destruido los muros, he quemado mi propia ciudad tal como Nerón lo hizo. He destruido a precio de nada, a placer de idiota, a ceguera ininteligible. Pero la culpa no era mía, la culpa no es mía, no me pertenece (o eso quiero creer). He cavado mi tumba cuando aquel día comencé a echar gasolina y explosivos en los alrededores de mi interior. Mera decoración. La gasolina sin arder huele bien y los explosivos le daban fulgor con su rojo color a aquellos oscuros rincones. Llené todo y poco a poco empecé a rozar las piedras de mi encendedor. Poco a poco.
¿Acaso lo has pensado? ¿Te has mirado de forma introspectiva para darte cuenta que con una simple pala has cavado en la tierra tu propio atardecer, que le has abierto paso al ocaso de tu vida?
Yo lo vi, lo sentí, lo comencé a construir, prendí fuego y todo comenzó a arder. Tardó tiempo en consumirse, es más, el fuego me confundió creyendo que ese vivo ardor era proveniente del Sol. Me engañe, pero me quedé a ver el espectáculo. Aquel que al terminar solo dejó cenizas desparramadas en todo el interior. Una ciudad abajo, en el suelo, infértil, inútil, pasada e indolora. Ya no había ninguna esperanza. El ocaso llegó.
¿Te has visto? ¿Esto hay dentro de ti? Es lo que hay dentro de mí, es lo que me rodea. Un detonante que me lleva a minar mi vida y otro que me llevó a explotarla, a hacerla desaparecer entre las llamas. ¿Acaso te has despreocupado? ¿Por acordarte de todos no te acordaste de ti mismo? ¿No te amaste? ¿Y por qué, entonces, dijiste amar a otros si no fuiste capaz de hacerlo contigo? Ilusiones vivimos sin darnos cuenta siquiera que estamos lejos de la Verdad, que nos hundimos más, que nos perdemos sin encontrarnos, sin dejar que nadie lo haga. ¿Está bien? Está pésimamente bien. No hay más, no queda más. Todo derribado, sin oportunidades, ni segundas, terceras, cuartas ni quintas chances. Se acabó... Espera, ¿se acabó?
Y es ahí cuando el ocaso se acaba. En el horizonte vuelve a rayar el alba, vuelve a iluminarse esa pequeña raya que comienza a engrosarse. Ya no es una línea, es un eterno rectángulo. Y luego pasa a ser un gran ventanal que se abre y te muestra todas esas ruinas, pero que aún tienes las herramientas de acero, las de hierro, las mejor forjadas en tu vida para volver a levantar todo aquello que se quemó, que se difuminó en el tiempo, porque aquello que fue bien cimentado no podía ser consumido por el fuego, porque cuando a prueba fue puesto, no se consumió.
¿Has pensado acaso? El ocaso a veces se hace eterno, pero es el momento para que el alba haga su trabajo y nos muestre que no todo está acabado, que no todo es cenizas ahogándose junto a nosotros en la oscuridad. Que aún quedan fuerzas, energías, dos manos y dos piernas para agarrar lo que permanece para permanecer un rato más en el tiempo.

lunes, 22 de junio de 2015

La supuesta muerte de Raúl

Corría la noche de un modesto día otoñal. Todo el día fue como una eterna mañana hasta que el sol se despidió de todos nosotros, mortales bajo su poderío lumínico, en el horizonte de estas blancas y tristes costas. Caminaba por las calles oscuras, por los abandonados pasadizos entre callejones. Todo por no ser visto, por no ser encontrado por aquellos que querían verme desaparecer. Es difícil vivir siendo la posible víctima de tanta gente por las cosas que escribes, por lo que hablas, lo que publicas. Es difícil vivir en esta ciudad sin opinión, una ciudad sin vida, vacía y fría como el corazón de un muerto. Ya no bombea, ya no fluye, solo se reseca y desaparecer es una cuestión del amigo tiempo.
Ahí caminaba yo hasta que me crucé con uno de ellos que al parecer me había seguido la pista de mis aleatorios paseos para volver a casa. Ningún camino era igual al otro, pero ese día, sin quererlo, repetí el de unos días atrás. Movido porqué, ni idea, solo volvía a desenvolver mis pasos, el desliz de mis suelas por aquellas veredas. Y enfrente mío estaba él, tan frío e impactado como yo. Su arma temblaba en su mano como mis tripas lo hacían de temor al verme enfrentado de manera tan desagradable a esta situación, tan atípica, tan utópica y tan dolorosa.
Todo esto comienza con la publicación de un artículo casual en esas revistas que atentan con sus líneas al pensamiento colectivo, donde criticaba abiertamente la libertad, más bien libertinaje con la cual los gobernantes de la ciudad estaban decidiendo por nosotros y que toda la gente embobada apremiaba y aceptaba sin hacer ni un solo ápice de duda al respecto, riendo y aplaudiendo como si fueran los mejores gobernantes que esta tierra haya podido disfrutar, al más puro estilo feudal de la antigua Europa. ¿Mi error? Analfabetizar a la población por su ingenua aprobación. A nadie le gusta que le digan que está equivocado y menos de forma despectivamente irónica. Me odiaron. Me odié. Tampoco me gustaría que me lo hicieran a mí y luego recordé ese consejo de antaño de algún viejo colega, ese que dice que jamás debieses escribir con rabia y omitir todo tipo de edición para "suavizar" de alguna forma tus palabras. Pero ya estaba hecho y me arriesgué, gané. Pero a la vez perdí. Sí, perdí.
Ahora estoy frente a este sujeto, observo su vestimenta. Su chaqueta y su gorra demuestran su alta afiliación a este deplorable gobierno esclavizador. Era mi fin y no lo podía creer, ni siquiera cuando comencé mi regreso acaso podría creer que sucedería a tan solo cuadra y media de casa. Nada que hacer. Ahí estaba, luego de un hermoso y triste día, que probablemente esta segunda característica se la atribuyo a la inminente muerte que se acercaba a mí. Pero fue hermoso. Me junté con otros colegas que compartían mi lucha sin yo saberlo y que se habían afiliado a ella sin pensarlo demasiado, movidos por la lógica y la razón de los argumentos expuestos durante 5 años en más de 200 artículos, 3 libros y alguna que otra manifestación literaria (pues pensaba que había que llegar a todos). Disparó y no tardé más de 2 minutos en despedirme de mi cuerpo y dejar volar mi alma al desangrarme en aquellos contaminados suelos llenos de orina vagabunda.
Mi última indicación fue decirles a aquellos colegas que si publicaban, lo hicieran bajo mi nombre, por su seguridad y por mi trascendencia, pues pensaba que mi fin estaba cerca, no sabía que sería tan cerca.
Aquí va otra de mis publicaciones y dejaré la duda, quizá aquel que iba por los callejones repitiendo ingenua y estúpidamente mis pasos anteriores era otro que me quería imitar, quizá era uno de esos colegas con los que nadie me vio en aquel café o simplemente si era yo y quien les escribe sigue viviendo aquellos pasos inmortalizados en el disparo nervioso de otro idiota que sigue, "libremente", caminando por las calles, reconocido en secreto como el cuasi héroe de un totalitarismo con los días contados.

Firma: Raúl Esteban Seyen

martes, 9 de junio de 2015

Sick

No suelo enfermarme, la verdad es que no, no me enfermo. Pero esas pocas veces en que me enfermo, me enfermo con ganas, de esas veces que te dejan en cama, con dolores estratosféricos, una fiebre muy alta y con ganas de morir (bueno, sí, quizá si tenga alguna especie de trauma frente a la irregularidad con que aparecen estas cosas por estos lados).
Estas ocasiones te hacen activar ese componente, a veces detestable, llamado nostalgia. Ya no sé qué pensar de la fidelidad que me guardan los recuerdos al leer a un Borges decir en Zékian: "Cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando un último recuerdo. Intento no pensar en cosas pasadas porque si lo hago, sé que lo estoy haciendo sobre recuerdos, no sobre las primeras imágenes"
Quizá sea loco, ¡pero cuánta razón! Cada vez la pasada niñez y la venidera juventud se vuelve más difusa, todos tus recuerdos tienen la coartada perfecta para el momento exacto. Ridículo. Nunca fue así, pero hay que ser el héroe, entonces así nunca estuve enfermo, nunca pagué dinero extra por el café que pedí en la mañana ni me tiré en el suelo de un cubículo mientras trabajábamos en la universidad porque tenía los principios de mi venidera enfermedad.
Nunca lo hice. Soy el héroe según mis recuerdos, pero la verdad es que cada vez me esclarecen más mi sentimiento de muerte en aquellas crisis invernales de mi, ya pasado, asma. Aquellas crisis que me dejaban 5 o 10 veces peor de lo de hoy, días que no te podrías ni levantar, porque un movimiento se agitaba a tal punto que había que volver a comenzar (me sentía como aquella máquina vieja con Windows 95, ironizando, movías el ratón y ya tenías que reiniciar el sistema porque había detectado un cambio).
Pero qué más da tanta cuestión existencial cuando estás enfermo. Lo único que necesitas es que te acobijen y te cuiden, dejas de ser el héroe. Matas definitivamente ese recuerdo sobre recuerdo arrogante que gira en torno a uno mismo. Dejas de ser el personaje principal. Dejas de fingir que eres aquel Harrison Ford escapando de cada trampa oculta en esas catacumbas con el tesoro escondido, con el peinado perfecto y en el primer plano de todas las cámaras habidas y por haber.
Dejas que otro tome el protagonismo para volver a hacer aquel héroe. Entregas tu salud a quien te quiere cuidar, dar amor. Por eso uno se debe enfermar en el tiempo, para no olvidar que no eres el protagonista siempre, que no eres siempre el centro. No hay necesidad de hacer heroicos esos recuerdos sobre recuerdos. Dispararse como la pelotita del flipper al perder y empezar de nuevo.
Bueno, ¿y yo? Sigo aquí, enfermo...

domingo, 31 de mayo de 2015

Somos ironía

¿Es acaso la vida una ironía? Camino entre las luces del mediodía o entre las sombras de la medianoche y me cuestiono, me cuestiono qué tan cuerdos (o qué tan locos) estamos para vivir una ironía, para vivir la sátira de nuestras propias vidas.
Vivimos diciendo sí cuando en realidad queremos no, vivimos sintiendo calor cuando tenemos frío, vivimos diciendo 'te amo' cuando realmente queremos estar solos en nuestro interior. ¡Vivimos cuando no queremos vivir! Nos levantamos para caminar un nuevo día, pero es nuestro mayor error.
Vivimos la ironía, la ironía es la esencia de nuestra vida. Hacemos las cosas por el "bien" de otro para nuestro propio beneficio. Exigimos libertad y escogemos por otros.
¿Y qué? ¿Qué hemos logrado luego de tanto esfuerzo? Luchamos contra nosotros mismos, lo que queremos hacer no lo hacemos y lo que no queremos hacer, eso hacemos.
Nos creemos los dueños de la ironía, competimos para ver quién ironiza más, quién lo hace mejor y al final son todos víctimas de su propia ironía, víctimas del absurdo 'sartreano'.
Ironía... aquello que nos hace humanos, nos hace falibles y nos da ese toque de incoherencia que vivimos cada día, a cada instante. Eso que nos hace esforzarnos por ser mejores, más certeros, más creíbles (aunque en verdad no sea lo que queremos), pero ahí estamos luchando para querer ser lo dueños de nuestras propias vidas, (dueños de las de otros también) sin poder siquiera con la mitad de la nuestra. Dueños de lo absurdo.
¿Es acaso la vida una ironía? Pues si me lo preguntan, ironía eres tú.

domingo, 24 de mayo de 2015

Un bosque, tu vida, un bosque

¿Han visto el ocaso caer sobre los árboles?
¿Han visto las penumbras reflejarse con sus copas?
¿Acaso han logrado ver esas hojas absorbidas
por la triste y misteriosa sombra de sus temores?

Árboles, plantados sin saber por qué, sin saber por quién
Hojas, caídas y vueltas a caer en un eterno ciclo vital
Ramas, quebradas por el viento de los paseantes extraños
Raíces, perdidas luego de tantos episodios cargados de llanto

La lluvia ya no cae sobre este pequeño bosque
La luz se olvidó de iluminar sus tenebrosos rincones
Los pájaros ya no llegan
Los que llegan ya no vuelan

Absorbente y frío bosque
Oscuridad sin fin, sin un fino toque
Ese toque de tus manos que lo hacía florecer
Se fue a volar para nunca jamás volver

¿Y acaso han escuchado de un ser vivo sin vida?
Por sus raíces ya no corre el agua, corre la sangre
Corren cientos de miles, miles de millones de dolores
Corre la tristeza de una incierta despedida

No parece ser un hermoso bosque
Ni siquiera se parece a aquellos a los que nos acostumbramos
Y claro, no es el bosque de los Cien Acres
Un bosque como el túnel que Juan preparó para María

Estos árboles hoy callan en paz para jamás recordar
Esos cantos que los pájaros les solían cantar
Para ser enterrado en el olvido de una oscuridad tenaz
Como aquellas manos que un día se fueron y le hicieron callar

viernes, 10 de abril de 2015

Escribo, escribo...

Me encuentro entre libros, me encuentro entre vidrios. He ¿caído? en picada hasta acá, soy sólo un sueño del contexto que me envuelve, un sueño de lo inerte.
Llegué hasta aquí, ¿cómo llegué? Ni yo lo sé, pero estoy aquí, real o no, ya soy y seguiré siendo.
Y si acaso los sueños pueden soñar (o recordar), pues sí, digo, por eso escribo estas líneas que relatan mi llegada a esta biblioteca (que otros llaman "universo"), pero aquí no hay una infinidad de libros, ni muchas escaleras, ni siquiera habitaciones hexagonales. Es todo tan "moderno", tan irreal como yo mismo que hoy, querido amigo, te escribo.
El universo es muy amplio como puedo decir que todos (TODOS) los hombres decidimos por amor (al menos casi siempre), movidos por una segunda persona, ese 'tú' que recibe esos "te amo", pero no, quizá no todos actúen así (¿o sí?). Pero bueno, yo escribo.
Escribo porque vivo, vivo porque escribo, porque el existencialismo se me achicó y el humanismo es muy discriminador (y deshumanizado), porque vivo, escribo.
Sedentario como yo mismo, nómada entre sillas y mesas, pero sedentario, pues, no me puedo cambiar de universo. El universo soy yo y yo soy el universo. ¿Sonará narcisista tal vez? Tal vez no me entiendes, tú, sujeto que me lees. Si divago, te confundo. Pero si soy certero, te hipnotizo y te enloquezco. Mejor soy ambiguo y varío, soy lo que soy y a la vez lo que no soy.
Tengo tanto que contar (y a su vez tan poco) que prefiero seguir escribiendo aunque al papel, mis historias, no le deba contar.

miércoles, 18 de marzo de 2015

No he llegado al final

No he llegado al final pero me siento allí
Siento que estoy pero no estoy
Cómo dimensionar lo que fui de lo que soy
Tan sólo vivo, respiro, estoy aquí...

Veo el suelo, donde mis pies se posan
Donde descansan, donde mi cabeza reposa
¿Estoy aquí o simplemente estoy soñando?
¡Bah! Más bien vivo con mis ideas caminando

¿Cien años de soledad o cien de compañía?
¿Seré Roberto Carlos o parte de los Buendía?
Y es que sí, quizá quiera un millón de amigos
No para cantar más fuerte, sino para contarlos con las manos

Con mis letras yo mantengo mi silbido
Camino por las calles mirando el cielo, mirando el suelo
Y es que ya no me mantengo con el sueldo
Me mantengo viviendo dentro de los sueños

jueves, 19 de febrero de 2015

Mis últimos momentos

Las calles de esta ciudad, de mi propia ciudad, cada vez me parecen más desiertas. He pasado todos los sufrimientos, he visto las más sanguinarias venganzas y las más tristes historias. Viví, sí, de veras que viví. La alegría también fue parte de todas aquellas cosas que experimenté en mi dolor, para sanar un poco la agonía de tener que lidiar con la cruenta realidad.
Caminé, corrí, gateé, volé y salté hacia la meta. Vi el nacimiento de esta ciudad y yo fui el evento más heroico, devastador y esperanzador en aquel momento. El sol se asomaba por primera vez y todo era hermoso, la copia fiel de una realidad difusa y perfecta. Al pasar el tiempo todo se comenzó a deteriorar, edificios cayeron y otros se levantaron, siempre de peor calidad, de menos belleza que esos que protagonizaron el nacimiento de este, mi ciudad.
Y en ese vaivén del deterioro, de el nacer, el renacer, el morir y las constantes extinciones, caminé por mi ciudad. Vi la vida de aquel maravilloso Sol que protagonizó cada momento. Un Sol que apareció al nacer, pero a los tres años detrás de una sombría Luna se escondió durante nueve largos años, aunque después estuvo siempre radiante desde aquel entonces.
Esta ciudad que yo llamo mía, pero que ya no lo es, tuvo tratos con otras ciudades, intercambios, como hacen los países hoy en día con sus tratados, sus convenios, sus arreglos y todo ese menjunje de cosas político-económicas. Y algunos de ellos fueron acertados por años, otros fueron los más desgraciados desaciertos que se pudieron hacer, pero todo sirvió para ir derribando y reconstruyendo mi ciudad, en un notable declive.
Y así, mi ciudad partió de ser un simple parque de juegos, a toda una ciudad empresarial, con el comercio, el trueque con otras ciudades, ese eterno "yo te doy de lo que tengo, tú me das de lo que tienes y todos felices", lugares de descanso y lugares de duro trabajo.
Uff... mi ciudad. Y aquí llegó el día donde esta ciudad ha perdido su "independencia" (aunque va entrecomillas porque nunca fue enteramente independiente, siempre dependió de algo, como todo en la vida) y cae abajo enteramente para volver a aquellas glorias pasadas, a sus inicios, cuando era un lugar digno de recorrer, y aquí sigo caminando, ahora sin tratados ni intercambios, ya no son necesarios, porque al final uno siempre acaba caminando solo.

domingo, 11 de enero de 2015

Endless Love?

Tardes de primavera. Las hojas vuelven a crecer, las flores vuelven a florecer. Prados vuelven a teñirse de un vivo verde. Los animales recorren las praderas alegremente entre margaritas, girasoles, rosas y toda una gama de coloridas flores.
Y ahí estoy yo, recibiendo esta hermosa época del año, quizá la estación que ama la mayoría de la gente (aunque yo prefiera mil veces los otoños). Pero estaba ahí, disfrutando de este colorido festín natural de crecimiento, de riquezas, de ver todas las cosas volver a la vida. Un espectáculo inmejorable, con el cual nos deleita la naturaleza.
Y esa mañana te esperaba, te esperaba a ti sentado a los pies de mi cama. Recordaba siempre esa promesa del hasta siempre, del nunca jamás acabará, de ese "endless love" que canta Lionel Richie junto a Diana Ross. Te esperaba.
Y como cada día que te esperaba, ahí estabas. Llegabas y recorríamos lugares, compartíamos esos lugares y les dábamos un significado propio. Les dábamos vida cuando pasábamos por ellos.
Pero ese día fue distinto, ese día no llegaste. Y te esperé. El trajín de la rutina finalmente logró moverme, pero en mi mente seguía el hecho de que te esperé y no llegaste. Había que moverse. Llenar las alacenas, preparar comida, pasear al perro, buscar alguna cosa extraviada por allí y esas cosas típicas que hacemos los seres humanos para pasar los días y hacer del ocio algo productivo. Mas a cada momento recordaba que te esperé y no llegaste.
Acabó el día sin tener noticias tuyas. ¿Qué te habrá pasado? Ayer parecías estar bien, pero mi natural masculinidad no me permitió verlo, no me permitió ser lo suficientemente sensible y empático como para verte tras esa sonrisa con un desaire, con un dolor por dentro. Sólo sé que no llegaste aquel día.
A la mañana siguiente, convenciéndome de que todo marchaba de maravillas y que hoy te esperaría y si llegarías, se me voló el tiempo en las rutinas matutinas. Y pasado el mediodía llegaste. Aunque no eras la misma, no eras la que yo había congelado en mi memoria dos tardes atrás, no eras a quien recordaba con tanto ímpetu y emoción. ¿Qué pasó? Algo dentro de nosotros se rompió que ya no había manera de arreglar. Algo salió mal, provocando que ya no nos queramos ver más. Algo pasó que hizo que no me quisieras volver a esperar. Lo único que escuché de ti aquella tarde, cuando me despedí de ti fue: "The 'endless love' really has an end". Y esa fue la última tarde que te vi. Desde entonces, cada mediodía miro de reojo la puerta para ver si realmente aún sigues creyendo semejante tontería, porque aquí sigo yo, amándote.

jueves, 11 de diciembre de 2014

No le cuentes tus historias al papel

"No le cuentes tus historias al papel" - escuchaba aquel mediodía de la boca de ese profesor amargado que jamás consiguió que ni siquiera su propio lápiz lo tomara en cuenta. "No le cuentes tus historias al papel, ya me oíste", repetía sin cesar al leer tal escrito que salía al fundir mi alma con la hoja. Y me fui a casa así, "no le cuentes tus historias al papel".
"Estoy harto" - me decía a mi mismo sentado a los pies de mi cama. Decidí ir a dar una vuelta a la pobre librería a la vuelta de casa. Cada día más vacía, cada día más 'deslibrada'. Los impuestos, la constante inflación, la censura gubernamental, cada día más vacía, menos libros, menos historias, menos personajes, menos recuerdos, menos pasado haciéndose presente. Y ahí estaba yo, en medio de aquellos 8 pasillos, de los cuales sólo 3 mantenían uno que otro libro revoloteando por sus estanterías. "¡Sólo tres! ¿Cómo será el mundo tan inculto como para despoblar tantos estantes de lo único que mantiene vivo la historia y gran parte de la creatividad de una persona? ¿Cómo?" - me cuestiono constantemente. Pero ahí estaba. "No le cuentes tus historias al papel" - resonaban aquellas palabras en mi cabeza. Tantos autores aquí, entre estas tablas de madera que le contaron sus historias al papel y este mentecato me sugiere que no lo haga más. Desde los reinos más antiguos como China, Egipto o Israel hasta los más recientes como Reino Unido, Alemania o Francia, repletos de personas y personas que escribieron, que basaron sus historias en otras historias o, incluso, en la suya propia. Ahí estaban y quieren suprimir la cultura del libro, suprimir la historia de la humanidad, suprimir sus propias historias, sus propias vidas.
Me amargué. Volví a casa, preparé un mate, me senté a la mesa con una pequeña libreta que tengo guardada para mis escritos, y ahí empecé a fluir, empecé a moverme, a bailar sobre aquel virginal papel, a fundirme en él, y mezclarme con su inocencia, comencé a contarle mis historias, día tras día lo hice, ya no era una libreta, sino dos y tres, se llenaron, me emocioné. Tres meses de aquel eterno vals, de aquella eterna conversación con mis amigos: papel y lápiz.
Años después esas libretas llegaron a los grandes puestos de librerías en un sólo libro que nació a partir de lo que en ella había plasmado tiempo atrás, pero que finalmente terminaron siendo uno más en aquella abandonada librería vieja que había a la vuelta de mi casa, en mi casa de la niñez.
"No le cuentes tus historias al papel" - recordé.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Un fracaso. Una historia.

Miro mi reloj: 12:35 de la madrugada, mi vaso de whisky en el velador, mi maquina de escribir en el escritorio y sentado en mi cama con la pluma y el papel. ¿Qué crear ahora? Me siento seco, como aquella vez que dejé mi frasco de tinta abierto por 4 horas en un asqueroso día de verano, un calor insoportable, tanto que el propio pellejo ya era intolerable. Un mosquito de aquí para allá rodea mi habitación, ¿dónde dejé el insecticida? ¿apagué la luz de la cocina? ¡¿cerré el gas?!
Soy una mente dispersa, así jamás podré escribir otra gran obra en mucho tiempo. Un éxito ya había sido demasiado para mi corto talento al parecer. Tendría que resignarme a alguna esporádica columna periodística o abrir un blog en internet, tal vez, de todas formas, eso es lo que está de moda por estos días. Soy un desagradable escritor anticuado que ama ese olor a tinta, ese dulce​ roce de la punta de la pluma sobre el papel y aquí estoy, pensando en algún amor que me inspire:
"Oh, blancas rosas bailan en medio del jardín
Blancas como tu tez al asomarse a mis ventanas
Tranquilas como tú en medio del diario trajín
De aquellos transeúntes de estas frías veredas"
Y sí... es verdad que Lucía de la Fuente fue la gran musa de aquellos tiempos en que mi escritura era conocida. ¿Sería ella la clave de mi éxito? A final de cuentas, pensando en ella, manteniendo vivo su recuerdo logré unos dos o tres cuartos de mi libro. Una musa con M mayúscula. Una europea, blanca como la sal, dulce como la brisa suave de primavera en medio de los campos, una verdadera musa, de esas que no suelen verse en la costa este de esta desolada Sudamérica. Pero ahí estaba y era mía. Era mía y de nadie más. Un idiota fui, porque la dejé ir y ahora me duele su recuerdo. Me enfrasqué en esto que ya no fluye y me convertí en el solterón abandonado de Palermo. Virgen a los cuarenta porque el boludo nunca se casó y nunca tuvo ninguna aventura con nadie fuera de Lucía de la Fuente. Pero mi aventura se convirtió en escritura, me enamoré de las letras como un joven se enamora de su mejor amiga de la infancia, esa pequeña amiga de toda la vida. Yo le contaba mis secretos al abecedario. Le contaba mis historias al papel y me reproducía con las teclas duras de esta vieja máquina de escribir, que adquirí por allá en medio de los '70 en mi viaje a París. Soñaba con una europea, ahí la tenía, pero tanto esperé por tenerla en mis brazos que mi espera me consumió el deseo pasional juvenil y gritó su oposición la literatura en mi interior. Y aquí estoy... 12:54 de la madrugada y aún no escribo nada, miro mi hoja y pienso en lo idiota que he sido a lo largo de mi vida al enfrascarme en algo que no echó raíces, que hoy no me dejó nada más que una gran amiga: la pluma de mi abuelo.
Ya estoy pisando los 60 años y nada. Un sólo libro he escrito y fue el boom del momento, un momento más efímero que los 15 minutos de fama de un pelotudo que se para frente a una cámara a criticar o hacer "política" en esta Nación que me vio nacer, que extendió sus alas celestes y su sol me sonrió el día en que nací, pero que al otro día me dio la espalda, porque no era lo suficientemente bueno como para llevar el orgullo de haber nacido bajo sus alas. Y no lo fui. No me comparo en nada a colegas como Sábato, Cortázar o el gran Borges. Soy un fiasco con cara de yankee. Sí, para ser un fiasco, tienes que parecer uno, ¿no les parece? Pero no te puede bastar parecer uno cualquiera, tienes que parecerte a la escoria más grande registrada en este planeta.
No puedo dejarla, no puedo dejar esta pluma tirada, pero tampoco puedo abandonar el afable, ya indoloro, recuerdo de Lucía. No puedo, no puedo, no puedo. Debo hacerlo, debo volver a encaminar mi vida en las vías del dinero y del eterno consumismo, debo dejar de mendigar migas de pan entre mis amigos y antiguos lectores. Mas, cuando te enamoras, ¿qué te puede destruir? Nada. Nada en lo absoluto. Amas con locura, con ceguera, con temeridad, no hay toque alguno de precaución ni de seguridad, te entregas hasta lo sumo, hasta fundirte en ese amor, hasta fundirte en el cuerpo del recuerdo, ser uno más que cuente la historia, uno más que sea parte de la biografía que a tan dulce musa pertenece.
Otra hoja más en dirección al tacho de la basura, una vez más que la pluma habitará bajó las tenebrosas sombras del cajón de aquel viejo escritorio, otro vaso de whisky que sólo será el objeto interesante de algún pequeño relato que surja en algún momento y que ahora es el elixir que me llevará a los brazos de mi íntimo amigo, Morfeo, cuando tres "uno" me marcan la hora de partir el viaje, donde las ideas vuelan y los recuerdos florecen en su máximo esplendor.

sábado, 15 de noviembre de 2014

A veces se nace en el tiempo equivocado

A veces se nace de costado, a veces acorralado. A veces se nace en el tiempo equivocado, pensando como hace 40 años, pero en el siglo presente. Quizá 50, 60 o 70, en verdad, un siglo atrasados.
A veces se nace en el tiempo equivocado, buscando y hallando o encontrando sin buscar o buscando sin hallar. Hablamos sin escuchar, pero cuando escuchamos no hablamos; estamos en un mundo desequilibrado.
El tiempo equivocado, donde el mañana es hoy, el hoy fue hace algunos años, ¿y el ayer? El ayer es historia, una historia que nadie quiere escuchar. Perdimos la sensibilidad, la capacidad de soñar y, a veces, creemos haber nacido en el tiempo equivocado, con los compañeros equivocados, viviendo una muerte lenta, o una vida vacía, creerse en el lugar incorrecto...
Pero no se nace en el tiempo equivocado, sólo se nace, se nace, se crece, se reproduce y se muere. Al menos así, de simple manera, lo explica la biología. Pero falta algo: se siembra, se planta, se cosecha, se cosecha en el momento indicado, en el lugar correcto y en el tiempo más indicado.
Pero seguimos creyendo que, a veces, se nace en el tiempo equivocado...